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25
de julio
PRIMERA LECTURA SANTIAGO APÓSTOL
En
aquellos días, los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor
Jesús con mucho valor y hacían muchos signos y prodigios en medio del
pueblo. Los condujeron a presencia del Sanedrín y el sumo sacerdote los
interrogó: ¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ese?
En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis
hacernos responsables de la sangre de ese hombre. Pedro y los apóstoles
replicaron: Hay que obedecer a Dios antes que los hombres. El Dios de
nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo
de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador,
para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados.
Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da los que
le obedecen. Esta respuesta los exasperó, y decidieron acabar con ellos.
Más tarde, el rey Herodes hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de
Juan.
R.- Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.
Hermanos: El tesoro del ministerio lo llevamos en vasijas de barro, para
que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de
nosotros. Nos aprietan por todos lados, pero no nos aplastan; estamos
apurados, pero no desesperados; acosados, pero no abandonados; nos
derriban, pero no nos rematan; en toda ocasión y por todas partes,
llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de
Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Mientras vivimos, continuamente nos
están entregando a la muerte, por causa de Jesús; para que también la vida
de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. Así, la muerte está
actuando en nosotros, y la vida en vosotros. Teniendo el mismo espíritu de
fe, según lo que está escrito: Creí, por eso hablé, también nosotros
creemos y por eso hablamos; sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús
también con Jesús nos resucitará y nos hará estar con vosotros. Todo es
para vuestro bien. Cuantos más reciban la gracia, mayor será el
agradecimiento, para gloria de Dios. Mi
cáliz lo beberéis En
aquel tiempo, se acercó a Jesús la madre de los Zebedeos con sus hijos y
se postró para hacerle una petición. Él le preguntó: ¿Qué deseas? Ella
contestó: Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu
derecha y el otro a tu izquierda. Pero Jesús replicó: No sabéis lo que
pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber? Contestaron: Lo
somos. Él les dijo: Mi cáliz lo beberéis; pero el puesto a mi derecha o a
mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo
tiene reservado mi Padre. Los otros diez, que lo habían oído, se
indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús, reuniéndolos, les dijo:
Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los
oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre
vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre
vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha
venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por
muchos. | ||||||||||||||||||||