Entre el 19 y el 21 de septiembre de 2025, trescientas cincuenta personas de la diócesis de Tui-Vigo han peregrinado al santuario de Fátima, en Portugal, acompañadas por el obispo monseñor Antonio Valín. Durante este fin de semana, han tenido la oportunidad de profundizar en el mensaje de la virgen en tierra lusas y, también, han participado en diferentes actos en el entorno del santuario: el rezo del viacrucis, la procesión de antorchas o la eucaristía internacional.
El delegado de Pastoral de Santuarios y del Tursimo, Fernando Cerezo, comparte una crónica de la peregrinación.
Los días, 19, 20 y 21 de septiembre nuestra diócesis ha peregrinado, un año más, al santuario de Fátima. Estas pocas líneas, escritas a vuela pluma, quieren ser un pequeño recordatorio de lo que allí vivimos —aunque sería una idea estupenda “tirar de la lengua” a todos los que han estado—.
El viernes cada uno de los peregrinos, sabiendo cuál era el lugar y hora de salida, estaba en la parada correspondiente, con su maleta y la ilusión de volver, o de ir por primera vez a Cova de Iria. Siempre hay una primera vez.
Llegamos fácil a Fátima. La autopista nos lo hace cómodo y rápido. Una vez en el hotel, y con la ayuda de trabajadores de la compañía de viajes que nos ha preparado todo excelentemente, tiene lugar la distribución de habitaciones, y la cena a las 20:30 horas Esa misma noche, a las 21:30, participamos con todos los peregrinos en el rezo del rosario desde la Capeliña, y en la procesión de las Velas con la que se terminábamos nuestro primer día en el Santuario. Eso sí, siempre cabe, al final, quedar un poco más tiempo y cerca, al lado de Nuestra Señora.
La peregrinación la encabezó el obispo de nuestra diócesis D. Antonio Valín. Para él era su primera peregrinación como obispo de Tui-Vigo. El sábado 20 realizamos todos juntos, con nuestro obispo, el plan que nos había otorgado la delegación de Peregrinaciones del propio Santuario. Por ello, con horario escalonado, fuimos llegando los siete autobuses, y los 350 peregrinos a la Rotonda Sur (o de los Pastorcitos), para comenzar el Vía Crucis.
Como es propio de esta devoción, se van acompañando los momentos de la Pasión del Señor, recorriendo las 14 estaciones. Rezamos con pausa, con cantos, con silencio, parándonos en cada estación, haciendo una pequeña estancia en el lugar llamado Os Valinhos, donde se apareció la Virgen a los videntes de Fátima, el 19 de agosto de 1917, pues el día 13 habían sido secuestrados por las autoridades civiles. Una vez terminado el Via Crucis, allí mismo hicimos todos juntos un gesto de bienvenida, escuchando por primera vez a nuestro Obispo D. Antonio.
A continuación, bajamos de la Capilla húngara (final del camino de la cruz), hasta el lugar Loca do Cabeço, donde los niños habían sido visitados por el Ángel de la Paz, por dos veces, en la primavera y en el otoño de 1916. Para terminar la mañana, nos dirigimos hacia el Aljustrel, barrio donde nacieron y crecieron Lucía, Francisco y Jacinta.
Al finalizar la comida, como estaba previsto, fuimos andando hasta la Capilla de la Resurrección, lugar subterráneo dentro de la explanada del Santuario, al lado de la Basílica de la Santísima Trinidad. En dicha capilla tuvo lugar la celebración penitencial. En el horizonte de nuestra peregrinación estaba ganar la indulgencia del Jubileo de la Esperanza. La confesión sacramental, es uno de los requisitos necesarios para ganar la indulgencia.
Muchos fueron los peregrinos que pudieron recibir en dicha celebración, la gracia del perdón de Dios. Muchos otros lo recibieron, a lo largo de ese fin de semana en los confesionarios habilitados para el sacramento del perdón.
A las 19:15 horas. nuestro obispo presidió la Eucaristía, que a diario se celebra en español en la Capeliña. Fue un momento de gran emoción, tanto para los que hasta allí peregrinamos como para D. Antonio, quien por primera vez y como obispo de nuestra diócesis, pudo presidirnos en el altar de ese lugar tan santo.
En su homilía D. Antonio nos animó a buscar a Dios a través de María, evitando ser arrastrados por ídolos que nos alejan del amor de Dios. Terminada la Eucaristía, fuimos a cenar, para volver otra vez a la Capeliña y participar en el Rosario y la procesión de las Velas. Esta noche, como es lógico siendo sábado, la concurrencia es mucho mayor.
El domingo 21, después de meter las maletas en el autobús, nos dirigimos a la explanada del Santuario para participar en los actos de esa mañana: el Rosario de las 10:00 horas (presidido por nuestro obispo) y la Misa internacional a las 11:00 horas. La Eucaristía fue presidida por el patriarca de Lisboa, Mons. Rui Manuel, le acompañaban el obispo de Vila Real, nuestro obispo y unos cien sacerdotes que concelebraban.
La explanada, llena toda ella, mostraba una imagen que entusiasmaba. Además de los peregrinos ocasionales, tuvo lugar la 10ª concentración de motoristas de Portugal. Se calcula que sólo los moteros eran unos 180.000. Laus Deo! El desarrollo de la celebración eucarística tuvo lugar con mucha armonía, con la participación del pueblo, facilitando que en algunos momentos se usaran diferentes lenguas, haciendo que todos los peregrinos estuvieran más unidos. Terminada la Misa, y como gesto de finura con los motoristas, se presentaron y se bendijeron los “capacetes” (que es así como le llaman a los cascos).
Al finalizar la Eucaristía volvimos a los hoteles, para subir al autobús, y dirigirnos a la comida, donde todos los peregrinos de la diócesis, compartimos el último almuerzo. El luga espacioso, luminoso y acogedor, es la Quinta Dom Nuno. Fue un momento también de mucha emoción y fraternidad, pues daba pie a compartir mesa, saludar a conocidos, y compartir lo vivido esos días.
Al finalizar la comida el delegado de Peregrinaciones y Turismo de la Diócesis, quiso agradecer a todos los asistentes el interés, esfuerzo e ilusión por participar un año más en esta peregrinación diocesana. Sus palabras llenas de esperanza, eran un aldabonazo para que cada uno de los ahí presentes, transmitiéramos a nuestros familiares y amigos lo que “habíamos visto y oído”, y así, contagiando, volveríamos el próximo año muchas personas más.
Para terminar, lo mejor es repetir una idea ya escrita: habría que tirarle de la lengua a cada uno de los que han estado, escuchar, y dar gracias a Dios. Fátima es sin lugar a dudas un lugar especial, privilegiado, como el cielo en la tierra, donde la serenidad, la armonía, la alegría, el afán de convertirse y de hacer bien, mucho bien a los demás, sale espontáneo. Demos gracias a Dios, y a su Santísima Madre, Nuestra Señora del Rosario de Fátima.