30/11/2020

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San Andrés

La Diócesis de Tui-Vigo ha atendido a más de 46.000 personas a través de 74 centros para mitigar la pobreza

La Diócesis de Tui-Vigo ha atendido a más de 46.000 personas a través de 74 centros para mitigar la pobreza

Según las estadísticas del año 2019 enviadas a la Secretaría de Estado y a la Santa Sede, la Diócesis de Tui ha atendido, en el último año,  a 46.150 personas a través de los 74 centros creados para mitigar la pobreza. Para poder atender a ese número de personas la Iglesia a invertido más de 2 millones de euros.

La acción caritativa y asistencia de la Iglesia de Tui-Vigo consiste en la promoción de la solidaridad y la justicia social, ayudando a las personas con dificultades a través del servicio de muchas comunidades religiosas, de Cáritas y de otras asociaciones íntimamente relacionadas con la Iglesia. Esta atención es proporcionada por cientos de voluntarios que colaboran en los organismos creados para el cuidado de los más desfavorecidos o en riesgo de exclusión social.

El comedor social Misión del Silencio ofrece este servicio en la ciudad de Vigo. A lo largo del año, atienden aproximadamente a más de 7 mil personas diferentes, gracias a personas como Esther Muruáis, que durante más de una década ha dedicado su tiempo a colaborar con las religiosas Misioneras del Silencio. Hoy, es ella quien nos cuenta su experiencia desde esta labor de la Iglesia, porque «somos lo que tú nos ayudas a ser». Somos una gran familia contigo.

Para continuar realizando estas actividades, la Iglesia de Tui-Vigo necesita de tu colaboración, especialmente económica. Puedes hacerlo a través del portal web creado por la Conferencia Episcopal Española: www.donoamiiglesia.es.

«Casi siempre en sus ojos, percibo una inmerecida gratitud»

A principios del año 2008, una serie de circunstancias hicieron que me plantease la jubilación anticipada. Llegó agosto y pensé: “¿qué hacer con mi tiempo a partir de ahora?

Conocía la labor de la Misión del Silencio. El horario del voluntariado en el comedor me resultaba compatible con mi vida personal. Tuve todo el apoyo de mi marido (nuestros hijos y nietos viven fuera).

Me acerqué allí y aceptaron mi ofrecimiento. Fui recibida con mucho cariño y a los pocos días, el padre Carlos, la hermana Guadalupe y el resto de voluntarios hicieron que sintiese la pertenencia a una nueva familia.

En aquel entonces, no se pedía ninguna “acreditación” a quien llegaba a comer. ¡Cuántas veces se “sobrepasaba el aforo”! Y en ese caso, el padre y la hermana se aprestaban a preparar viandas para que pudieran llevarlas aquellas personas que materialmente no “cabían”.

Cuando falleció el padre Carlos, la hermana cogió el testigo, a pesar de las dificultades, con la firmeza y la serenidad de alguien que confía plenamente en el Señor. Y sin ningún alarde, nos transmitió a todos la convicción de que la comunidad era posible.

¡Qué feliz he sido allí, has que el COVID y la edad me obligaron a suprimir abruptamente el voluntariado tan gratamente compartido!

Es un tópico decir que he recibido mucho. No importa, aún con las mascarillas, nos reconocemos por la calle, hombres y mujeres que allí comían. Casi siempre en sus ojos, percibo una inmerecida gratitud. ¿Es Dios que me premió con esa experiencia de 12 años?

Quisiera dar gracias al Señor, por haber tenido esta vivencia que fortalece la fe en el encuentro con los demás.

Esther Muruáis. Voluntaria en el comedor social Misión del Silencio.

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