22/04/2021

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Santos Sotero y Cayo

«No debemos tener miedo a ser generosos, porque lo que hemos dado lo vamos a recibir en múltiples formas que te harán crecer como persona»

«No debemos tener miedo a ser generosos, porque lo que hemos dado lo vamos a recibir en múltiples formas que te harán crecer como persona»

El pasado 27 de noviembre, la Diócesis de Tui-Vigo, mediante una misa presidida por el obispo, Luis Quinteiro, en la parroquia del Sagrado Corazón, agradecía públicamente la labor realizada por las Hijas de la Caridad en el Comedor de la Esperanza. Aquel viernes, la acción de gracias se fundía con una despedida hacia la comunidad religiosa que ha abandonado la obra social del Comedor, aunque su trabajo continúa en el Colegio Plurilingüe El Niño Jesús de Praga.

Hasta su partida, la dirección del Comedor de la Esperanza recaía sobre la hermana Sor Fernanda que aterrizó en Vigo hace siete años. Al principio, su labor principal era la atención a los menores de la casa que las Hijas vicencianas gestionaban, junto con las educadoras; hasta que la comunidad religiosa se retiró.

Como directora del Comedor, a sor Fernanda le tocó gestionar el reparto de comida durante el Estado de Alarma y el confinamiento, periodo en el que preparaban 220 menús diarios —con comida y cena—. Ahora, afronta con ilusión esta nueva etapa de su vida que la lleva a Oviedo, a una cocina económica en la que se atiendan a alrededor de 300 personas diarias.

 

Cuando hablamos de caridad, nuestra mente rápidamente piensa en “ayuda económica”, pero el acompañamiento, también es una parte importante. ¿Cómo se concreta ese acompañamiento en el comedor de la Esperanza?

Viendo cómo ha evolucionado el colectivo que asiste a los comedores y sus demandas, te das cuenta de que comer sólo no llega para las personas — inmigrantes, jóvenes y mujeres; personas muy formadas cultural y profesionalmente—. Necesitan orientación laboral, conocer sus derechos y saber cómo arreglar papeles para conseguir subvenciones, o simplemente ser escuchados.  El ocio también resulta muy importante, por eso empezamos a hacer salidas que mezclaban la cultura.

Además, contratamos a una trabajadora social que estudiaba cada caso para averiguar sus necesidades e intentamos conocer todos los recursos que la ciudad tenía para beneficiar a estas personas en riesgo de exclusión.

Cuando hablamos de acompañar, ¿incluimos también el acompañamiento espiritual?

Una cosa que me gustaba mucho del Comedor de la Esperanza era la atención espiritual, sobre todo, cuando vi que los usuarios la demandaban, que también la necesitaban. Tuvimos una temporada en la que fallecieron muchísimas personas del comedor, especialmente durante la pandemia, y los usuarios sabían que en algún momento íbamos a tener una eucaristía por todos. En Navidad, procurábamos celebrar con ellos la fiesta, pero sin ningún tipo de discriminación; nosotras atendíamos a todos. 

Si tuviese que resumir en una palabra cuál es la misión del Comedor de la Esperanza, ¿cuál sería?

Yo diría “nueva oportunidad” porque para mí la labor del Comedor de la Esperanza es ofrecer oportunidades y abrir caminos a quien se acerca. La comunidad ya no está presente, pero el patronato continúa con la labor del comedor en esa dinámica. Es cierto que se necesita dinero, pero si lo que prima es el amor, la providencia nunca va a dejar de salir ante esa atención que se necesita; el dinero aparecerá, a lo mejor no en efectivo, pero sí en especies.

Te tocó vivir todo el periodo del confinamiento. ¿Cómo fue esa experiencia?

Desde el momento en el que se produce el confinamiento y el Estado de Alarma, cuando la gente ya no pudo entrar en el comedor, nos adaptamos y entregamos la comida en bolsas o tuppers —gracias a la colaboración de empresas y de la ciudadanía nunca nos faltaron—. Reforzamos la bolsa para que pudiesen tener comida y cena, porque la idea era que la gente no estuviera por la calle —no teníamos claro que los usuarios pudiesen asistir a otros servicios que ofrecían meriendas—.

El ayuntamiento comenzó a entregar la comida a domicilio o bien en puntos señalados. Si a todos nos costó iniciarnos en este camino de mascarillas y distancia, a esta gente más todavía y eso conllevaba un peligro para ellos mismos y para los voluntarios que atendíamos en el comedor.

Nosotros ni siquiera sabíamos a qué gente entregábamos la comida. Suponíamos que era gente que venía al comedor, pero las demandas se filtraban a través del ayuntamiento y nosotros seguíamos con esa idea de que no es solo “dar de comer”; la gente no puede recibir una bolsa fría. Por eso, se nos ocurría, en fechas muy concretas, hacer algo especial como, por ejemplo, incluir una piruleta el Viernes Santo o mandar mensajes que habían hecho los niños del hogar o los propios voluntarios.

¿Cuál fue la mayor dificultad durante este tiempo?

El voluntariado, porque la mayoría eran mayores de 70 años. Tener confinados a los niños, implicaba un protocolo estricto de entrada, y la comunidad no contaba con el número suficiente de hermanas para poder atender el comedor. En estas obras sociales hay un mínimo de trabajadores y monjas de la comunidad, pero luego trabajas con voluntarios.

Y en ese contexto, la providencia nos sopló, como dice San Vicente, al pedir la colaboración de los sacerdotes diocesanos más jóvenes y a través de la Cónfer, de los religiosos que podían, teniendo en cuenta la complejidad de sus comunidades —en muchas son todos mayores de 70 años—.

Religiosos y diocesanos trabajando conjuntamente, ¿cómo describirías el trabajo en equipo?

Fue una ocasión de mostrar la unidad de la Iglesia, de que podíamos trabajar juntos religiosos con presbíteros diocesanos. Estoy convencida de que esto va a redundar en el bien de la Diócesis y, personal y vocacionalmente, de cada uno de nosotros porque cayeron ideas preconcebidas al ver el trabajo escondido de una obra caritativa en la que, sin ser de la Iglesia, hay parte de la Iglesia.

Fue una experiencia muy buena con la que hemos creado unos lazos de amistad que van a perdurar porque no solo era trabajar juntos, sino celebrar y compartir las preocupaciones que esta situación iba creando. Además, éramos capaces de comentar cosas profundas sobre nuestra vida, sobre cómo acercarnos a la gente.

Javier Alonso coordinaba a los sacerdotes diocesanos, que venían en dos turnos de dos horas durante la mañana; por la tarde estaba el padre Abel. En el Comedor, había que hacer de todo, no es sólo preparar la comida, sino también que fregar, descargar palés, etc. Al igual que se fue evolucionando en la relación personal, también ellos veían cuál era la situación en la casa y no venían sólo dos horas para cumplir, sino que había una mayor implicación.

Otra cosa que destaco fue, no sólo la capacidad que tuvimos para el trabajo, sino la capacidad que tuvimos para orar juntos, celebrar juntos. Coincidieron allí tres sacerdotes que celebraban las bodas de plata y organizamos una celebración festiva todos juntos., por lo que había tiempo para todo.

Y ahora que se va, ¿qué mensaje le da a la Diócesis?

Vais por buena senda, seguid teniendo presente a la gente que más lo necesita, porque eso, no sólo te va a engrandecer el corazón, sino que, cuanto más quieres, más vas a querer; quien con una mano da, con la otra va a recibir el ciento por uno, como dice el Evangelio.

No debemos tener miedo a ser generosos, porque lo que hemos dado lo vamos a recibir en múltiples formas que te harán crecer como persona. A mí, como Hijo de la Caridad, pero sobre todo como cristiana, muchísimo.

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