9 de agosto de 2026,
Santa Teresa Benedicta de la Cruz

Al finalizar esta procesión, podríamos pensar que fuimos nosotros quienes te acompañamos, Santísimo Cristo de la Victoria, por las calles de nuestra ciudad.

Pero quizás… Quizás hoy aconteció algo más profundo. No fuiste sólo tú, Cristo, quien pasó entre nosotros. Quizás fuimos nosotros los que pasamos delante de ti.

A lo largo de este camino, Señor, fuiste mirando tu ciudad: fuiste mirando nuestras familias, nuestra gente. Porque tú, hijo amado de Dios, nunca miras desde lejos, siempre miras con amor.

Miramos ahora tu imagen, Santísimo Cristo. Miramos tus brazos… no están cerrados, no señalan ni acusan, no apartan a nadie. Están abiertos, siempre abiertos; como diciendo sin palabras: Aquí cabéis todos. Aquí cabéis todos.

Sí, aquí caben los jóvenes que buscan un horizonte. Aquí cabe nuestra gente del mar, que cada día aprende que la esperanza también se navega en medio de tantas tormentas. Aquí caben las personas que vienen de otros lugares buscando una oportunidad para vivir. Aquí cabe quien sufre en silencio, quien vive en soledad, quien lleva la preocupación de un trabajo precario, quien duerme en la calle, en un banco o en algún portal, quien no encuentra una vivienda que poder llamar hogar. También aquellos que cada día se esfuerza por llevar el sustento a sus casas, quien se sacrifica con amor por los suyos, quien ayuda a hacer una sociedad mejor. En los brazos de Cristo, nadie queda fuera. En tus brazos, Santo Cristo, cabemos todos.

Ahora, miramos a tus ojos. Muchas veces pedimos «vuelve tus ojos a nosotros». Y hoy comprendemos que esa plegaria ya tiene respuesta, porque tú, Señor, no dejas de mirar por nosotros. Nos miras con compasión, con paciencia, con esperanza infinita. Y tu mirada nos calienta el corazón de ilusión y alegría… Pero tu mirada también nos hace una pregunta: Y tú… ¿hacia dónde miras?

Porque es fácil mirar para otro lado; es fácil acostumbrarse al dolor ajeno o no implicarse. Pero quien se deja mirar por ti, Cristo, aprende a mirar como tú.

Por eso queremos hacer nuestra aquella invitación que resonó tantas veces en la visita a España del papa León: ¡Alzad la mirada!  Sí, alzamos la mirada hacia ti, Cristo de la Victoria, para descubrir que nunca dejas de abrir tus brazos. Alzamos la mirada hacia los ojos de los hermanos, porque tú, Cristo, sigues esperándonos en ellos: en el pobre, en el enfermo, en el migrante, en la persona mayor que vive sola, en los jóvenes que buscan sentido para sus vidas… en cada persona que necesita ser escuchada, acompañada y querida.

Y miramos finalmente a tu cruz. Esa cruz no tiene la última palabra. Creemos que todo cuanto somos y vivimos no puede quedar en una cruz fría, en una muerte sin sentido. La última palabra la pronuncias tú, y esa palabra final es una palabra de Amor. Un amor que vence sin hacer violencia, que vence sirviendo y entregándose. Por eso te invocamos como Cristo de la Victoria, porque tú vences en el Amor.

Ahora, tu imagen regresa a su casa, pero la procesión no puede finalizar aquí. Continúa cada vez que elevamos la mirada para descubrir a un hermano. Continúa cuando no seamos indiferentes ante quien necesite de nosotros. Continúa cuando seamos reflejo de tus brazos, de tu mirada y de tu entrega.

Señor Jesús, vuelve tus ojos a nosotros y haz que, al tornar a nuestras casas, llevemos grabada en el corazón tu mirada, porque una ciudad cambia de verdad cuando hay hombres y mujeres que aprenden a mirar como tú.

Santísimo Cristo de la Victoria quédate con nosotros y envuélvenos siempre con tus brazos abiertos. Que nunca olvidemos aquello que tantas veces cantamos: «Alza Vigo, la frente serena y contempla a tu Cristo en la Cruz; y verás como envuelve a este pueblo en torrentes de amor y de luz». Que así sea. Amén.

 

+ Mons. Antonio Valín Valdés

Obispo de Tui-Vigo