4/10/2022

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San Francisco de Asís
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Diálogo con los jóvenes tras la catequesis impartida en la PEJ22

Diálogo con los jóvenes tras la catequesis impartida en la PEJ22

¿Qué ocurre con esas personas que lo intentan de verdad que quieren llegar a la meta y se quedan en el sitio, no consiguen llegar? ¿Cómo les decimos que el Espíritu Santo sigue estando? ¿Qué podemos decirles?

Ayer estaba yo paseando en una zona de la ciudad de Vigo, por un montículo que hay por allí y suena mi teléfono. Era un amigo mío que vive en Ourense y que tiene un problema de una depresión tremenda. Está en un momento de su vida ya mayor y me dijo por teléfono: «Luis, no puedo más. Tengo un día aciago. Esto no funciona, estoy destruido». Yo le dije: «Gonzalo. Tú sabes que en la vida nunca se puede decir que es el final. Hay que luchar. Tienes que luchar. Y tienes que luchar porque tienes que seguir adelante. Tienes una familia, tienes gente a tu lado que te necesita, pero además tú necesitas seguir adelante». Y él me dijo: «sí, pero estoy muy destruido». Entonces yo le dije: «mira, lo primero que tienes que hacer es creer que tú eres capaz. Aceptar la realidad de que estás mal, pero que no es el final. Y tienes que empezar a quererte un poco más y cuidarte un poco más».

Yo creo que, en la vida, es muy importante ser realistas con nosotros mismos porque cuando tú parece que estás en el final, lo que estás es regenerándote para ponerte bien. Hay un pasaje de una obra de Hegel que se llama La Fenomenología del Espíritu, y él dice que, en la vida del espíritu, hay un momento en que el sujeto vive una experiencia de fracaso total, como un enfrentamiento entre el amo y el esclavo. Se trata de una cosa que luego ha tenido muchas consecuencias en la filosofía moderna. Dice él: el que sufre tiene a su favor que trabaja y el trabajo siempre produce algo nuevo. Por lo tanto, una persona cuando está machacada, destruida, abajo, si aguanta y hace un poco de esfuerzo, termina saliendo siempre, porque Dios está ahí.

Por tanto, tú a una persona que está viviendo un momento terrible en su vida primero le dices: «no te desesperes. No te vengas abajo. Y con un poquito de esfuerzo que hagas, saldrás para arriba». Porque la vida es así, está compuesta de momentos buenos y malos; los momentos malos generan los buenos y en los buenos, si te descuidas, vuelves a los malos. Por tanto, el que está abajo, que no se preocupe, saldrá para arriba, pero el que está arriba que tampoco se vanaglorie porque puede bajar. Eso lo dice San Pablo muy bien: ni hambre ni nada, tener a Cristo claro en nuestra vida es lo fundamental. A una persona que pretende cambiar su vida, yo le digo: confía en Cristo y confía en tus energías, porque ahí está hablando Dios a través de tu vida, tus cualidades, tus capacidades, tu aguante.

Por tanto, en estos días, es muy importante que vosotros os marchéis de aquí con una conciencia clara de vuestra valía. Tenéis grandes cualidades y eso es una parte fundamental de vuestra vida que, a veces, no habéis descubierto aún. ¡Hay que descubrirlo! Existen personas que dicen: «yo no valgo nada». No, tú vales mucho, tienes que descubrirlo. Y eso se consigue fundamentalmente en el contacto con los demás. Los demás descubren que tú eres una persona valiosa. Es muy importante salir de aquí con la conciencia de que sois personas valiosas para Dios y para los demás. Muy valiosas. Las personas que están a nuestro lado son tesoros que no siempre valoramos.

Vosotros habéis pasado todos los días juntos, os habéis ido conociendo poco a poco, valoráis lo que es cada persona. Os dais cuenta de lo que valen los demás, de la riqueza que tenemos entre nosotros, a pesar de que a veces no nos damos cuenta, no la descubrimos. Salid de aquí, de Santiago, con la conciencia de que valéis mucho.

Por tanto: que veis problemas, que hay dificultades, que te vienes abajo, sí, pero tú tienes la capacidad, porque Dios te la da, para levantarte. Por eso esta Iglesia va a seguir adelante. Esta Iglesia que está con problemas ahora mismo saldrá adelante porque dentro de la Iglesia hay tesoros, gente con mucha valía que tiene que salir adelante. Los santos fueron así hasta que un día descubrieron que podían ayudar y ayudaron heroicamente.

 

¿Cómo nos afecta el Espíritu Santo a nosotros? Si al final las personas tenemos libre albedrío, es decir, podemos tomar nuestras propias decisiones tanto buenas como malas, ¿cómo podemos saber o intuir en qué momento el Espíritu Santo actúa sobre nosotros?

Cuestión complicada. Habéis atinado. Veo yo que estos grupos vienen muy preparados para pensar. Esta es una cuestión que la sociedad no percibe. Vosotros pensáis mucho y bien.

La gran pregunta: ¿qué es el Espíritu? ¿Dónde está el Espíritu? ¿Qué es lo que el Espíritu nos trae? ¿Cuáles son nuestras fantasías, nuestras manías? El papa Francisco toca este problema del mundo actual de una manera clara, casi maniáticamente, volviendo una y otra vez, sobre una palabra, un concepto, una experiencia que es clave en la vida: el discernimiento.

¿Qué es discernir? Discernir es ver dónde está lo bueno y lo malo, dónde está lo auténtico y lo falso; dónde está el Espíritu y dónde están las voces del mundo. La Iglesia tiene que empeñarse hoy en ese discernimiento al que nos invita el papa Francisco. Para ello, la Iglesia cuenta con pastores, con hombres que acompañan a las personas, con sacerdotes, con jóvenes que guían a otros jóvenes y con jóvenes que, en el camino de vuestra propia vida, os vais convirtiendo en maestros del discernimiento.

El discernimiento es un proceso que hay que aprender, pero hay que aprender escuchando. Antes de que uno pueda ayudar a discernir, necesita ser capaz de dejarse discernir. Esto es muy importante en estos días porque vais a tener preguntas, cuestiones, a las que daréis vueltas una y otra vez; por eso necesitáis buscar a alguien que os ayude a discernir. ¿Quién puede ser? Alguien que conozcáis, que os acompañe: un confesor, un maestro de espíritus, un joven a tu lado con experiencia.

En la Iglesia también existen esos ámbitos del discernimiento, que no hay que olvidar: son los ámbitos sacramentales, ámbitos de consejo que debemos de tenerlo muy en cuenta. Por eso, en la Iglesia cada día será más importante que haya consejeros espirituales, maestros de la oración, maestros espirituales. La Iglesia necesita iniciar procesos, procesos de discernimiento.

Para que un joven discierna lo que es propio de su vida, lo que Dios le pide, tiene que vivir un proceso de acompañamiento, pero a veces nos faltan esos acompañantes. Yo lo noto en mi diócesis: faltan acompañantes que, a su vez, se dejen acompañar, es decir, gente que ha sido ella misma discernida.

Has tocado un problema clave. El problema de hoy es saber que estás en un proceso que te lleva a encontrar el camino de Dios confiadamente, que no te metes en una aventura, que no viene un chiflado y que te dice cuatro cosas. Por eso nuestra Madre, la Iglesia, es tan importante y confiar en nuestra Madre, la Iglesia, que te habla desde la experiencia a través de la experiencia de comunión de la Iglesia. Son experiencias contrastadas y eso es la Iglesia. Por eso, vosotros estáis aquí ahora en un encuentro de Iglesia, en el que debería haber gente que os ayude a discernir; si no, esto es algo insustancial.

La Iglesia es discernir la voluntad de Dios caminando juntos. El papa Francisco nos dice que tenemos que aprender a caminar juntos buscando la luz del Espíritu. Aquí estamos en ese momento clave, pero necesitamos gente que nos ayude a discernir.

Tú te levantas por la mañana y encuentras mil opciones y tienes que tomar decisiones en tu vida, no puedes estar indeciso, pero para tomar una decisión hay que tener la garantía de que vas en el buen camino y contrastarlo. En la sociedad civil, ¿cuánta gente hay que, para dar un paso, pide consejero de un lado y de otro lado, se para en cuestiones materiales? ¡La cuestión fundamental es el sentido de nuestra vida, que es lo sagrado de nuestra vida! No podemos jugárnoslo de cualquier manera y eso los jóvenes lo sabéis; por eso no os fiais de cualquier persona.

 

¿Podemos saber si el Espíritu Santo nos está ayudando a tomar mejores decisiones a través de otras personas como, por ejemplo, consejos de guías espirituales?

Claro que lo podemos saber. Si estamos en la Iglesia, sí lo podemos saber. Uno de los problemas más graves que tiene ahora nuestra Iglesia es que la Iglesia es pecadora, pero, a pesar de ello, es fuente de confianza. La sociedad de hoy pretende romper la capacidad de confianza que tiene la Iglesia.

En la Iglesia se pueden hacer procesos de discernimiento que están absolutamente garantizados. Tú estás en tu diócesis; tienes un obispo, unos sacerdotes, una comunidad, una parroquia… todo eso te ayuda a tomar decisiones en tu vida y si la haces en ese contexto de comunión de tu Iglesia, eso es verdad, porque la realizas en la comunión de tu Iglesia, donde están tus padres, tus catequistas, tu párroco. Eso hecho así, es verdad.

Tened la valentía de seguir estos procesos porque es muy importante. Todos nosotros tenemos que rezar para que la Iglesia siga siendo aquella en la que Jesús puso la confianza total para esta misión. Por eso tenemos que cuidar tanto de la Iglesia. La Iglesia es el camino de Jesús; por eso es importante que no nos perdamos y recordemos que la Iglesia es una institución divina, aunque a veces la gente piense que se trata de una institución humana.

 

Durante este camino hemos tenido muchos momentos a solas, donde nos han surgido muchas dudas respecto a nosotros mismos y a la fe. Queríamos saber si, en algún momento de su vida, ha tenido una crisis de fe, ¿cómo ha salido de ella? Es decir: ¿qué ha hecho para volver a confiar, a estar seguro de su fe?

Yo no he tenido una, sino bastantes crisis, pero creo que la crisis es parte esencial de la vida. Por lo tanto, no hay nada en la vida que no se forje en las crisis. En la fe —eso lo dicen los grandes teólogos— la duda es parte de la fe.

Lo que sucede, desde mi experiencia,  es que cuando eres joven tienes una experiencia de Dios. Luego la vida te la va sometiendo a crisis y vas adquiriendo otra experiencia de Dios, hasta que llegas a la edad que tengo yo para darte cuenta de que te quedan poquitas cosas humanas; entonces tienes que entregarte a Dios de una manera elemental, muy sencilla.

Una de las cosas que vas aprendiendo con la vida es que no es el razonamiento el que te da la fuerza de la fe. Razonar no es el camino de la fe. La fe es algo tan sencillo, tan sublime, tan maravilloso, que acontece por gratuidad de Dios. Y cuando decimos que la fe es una gracia de Dios, es que no nos damos cuenta de que decimos la auténtica verdad: la fe es un regalo de Dios que no ganas tú por razonar y por darle vueltas a las cosas. El filósofo Luis Vives, un hombre agnóstico y promotor del positivismo lógico, dijo: «yo no acepto nada que no se pueda probar. Todo lo que no se pueda probar no es lenguaje humano». Solo aceptaba las proposiciones empíricas que se pudiesen probar, por lo que creó un sistema para defender su teoría, pero luego publicó un libro en el que expresó que, una vez se han resuelto todas las premisas, todas las cuestiones empíricas, queda lo fundamental, que es el sentido de la vida.  Ahí ya entramos en el campo de la mística, explica este filósofo, es decir, hay un terreno, hay un espacio de la vida en el cual nadie, ningún científico, ningún empirista… nadie puede entrar. Y en ese terreno te juegas la vida: es el terreno de la gracia, del Espíritu. Es el terreno en el cual tú te abres, o no, desde tu libertad.

Yo estoy aquí porque la fe me da paz. Y en esa paz que tú tienes está la voz de Dios. Tú podrías empeñarte en hacer más preguntas, pero no conseguirías nada. Una cosa es que la fe tenga que ser razonable, pero creer que la fe se fundamenta en la razón es una equivocación total. Por eso, ninguno de este mundo te puede decir nada contra la fe. Y estamos en una posición verdaderamente maravillosa porque en otros tiempos la gente tenía complejo ante la idea de que los teóricos —matemáticos, físicos, científicos— te rebatiesen la fe. Ahora no te pueden rebatir nada porque es un terreno en que quedas tú y Dios solos, tú y la vida, tú y el misterio… ¿Y en ese campo quien te conduce? La gracia de Dios.

A lo mejor alguno dice: «me conduce la casualidad». Es tu decisión, pero ahí es donde se juega, en esos momentos decisivos, vuestra vida. Decías tú: «yo tengo la paz que busco en la vida». Es lo que encontraron los hombres más creyentes que buscaban a Dios.

San Agustín, que era un genio, decía: «cuanto más entro en mí mismo, más me encuentro con Dios». Dios está realmente en lo más íntimo de mí mismo. Por eso, entrar en uno mismo es el camino. Sé libre y en esa libertad aparecerá Dios, pero nunca cierres tu libertad.

 

Al principio estaba comentando que la Iglesia necesita una renovación, pero creemos que para una renovación es necesario, un poco, la juventud. ¿Cómo puede la Iglesia mostrarse más cercana a los jóvenes de hoy en día?

Toda mi vida he vivido en esa dinámica, es decir, escuchando que la Iglesia tiene que hacer caso a los jóvenes. La verdad es que no lo hemos conseguido bien todavía. De ahí que estos días sean tan importantes.

Yo tengo una teoría: estar al lado de los jóvenes para mucha gente es incómodo. ¿Por qué? Porque los jóvenes no quieren dinero. No quieren cosas extrañas. Quieren tu compañía. Si tú le abres el corazón a un joven, viene a ti. Te busca y te busca cuando estás acostado o cuando estás de paseo. Y te quiere. Te necesita. Por eso, para mucha gente los jóvenes pueden ser un estorbo. Esa es mi teoría.

¿Por qué muchos curas no están cerca de los jóvenes? Porque se quieren más a sí mismos que a los jóvenes. Para un pastor, para un sacerdote, para un catequista, los jóvenes traen una riqueza inmensa, pero hay que entregarles tu vida. Es lo único que los jóvenes piden: tu cariño, tu cercanía, nada más que eso y hay que darlo. Por eso, lo más difícil que hay en este momento de la historia, quizás desde siempre, es dar nuestro tiempo. La gente es avara de su tiempo. ¿Por qué no hay aquí más sacerdotes con vosotros? Porque quieren estar de vacaciones, y no los culpo. Tú le pides a alguien una cosa y te la deja, pero le dices: «¿puede estar usted conmigo una hora?» No, porque están ocupados.

Lo que necesitáis los jóvenes es tiempo. La Iglesia necesita daros tiempo y el espacio para que vosotros estéis ahí como protagonistas porque sin jóvenes no hay cambio. No solo aquí sino también en la política, en cualquier otro campo.  Sin jóvenes no hay cambio porque las personas, a medida que vamos creciendo y nos vamos asentando en la vida, nos hacemos cómodos, conservadores. Es una tendencia de la vida que, cuando una persona llega arriba, no quiere moverse.

Los jóvenes tenéis que empujar y buscar vuestro sitio. La Iglesia tiene que decir menos que necesita a los jóvenes y abrir más espacio a los jóvenes en la vida de las personas. Por eso tenéis que valorar tanto a estos sacerdotes, a estos catequistas, que os acompañan porque os dan la vida y eso es lo decisivo. Por tanto, la Iglesia tendrá —como algo urgente— que abrirnos las puertas al protagonismo de los colectivos.

Sois la esperanza. Es algo tan absolutamente elemental que todo pasa por la juventud, es así la vida. Los jóvenes buscáis cosas importantes y me llena de consuelo, cuando me doy cuenta de ello.  Los jóvenes lleváis dentro algo que es la pulsión de la vida y, por tanto, buscáis los grandes ideales. Hay momentos en que no, porque también hay que ser conscientes de que necesitáis divertiros, pero los jóvenes lleváis dentro una pregunta, una ilusión, un esfuerzo. Por eso estáis aquí, en Santiago, si no estaríais en otra parte.

 

Las preguntas y respuestas aquí escritas sean transcrito gracias a la grabación realizada y publicada en el canal de YouTube de la diócesis de San Sebastián: https://www.youtube.com/watch?v=oq9Hxdwn6Gs. Se ha intentado mantener la literalidad de las palabras del obispo, pero adaptando el diálogo oral al texto escrito.