6/10/2022

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San Bruno
6/10/2022

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San Bruno
Homilía con motivo de la fiesta del Cristo de la Victoria

Homilía con motivo de la fiesta del Cristo de la Victoria

San Pablo no fue testigo de la vida, ni de la muerte ni de la resurrección de Jesucristo, pero san Pablo estuvo en íntima comunión con los apóstoles y con la primitiva comunidad de la Iglesia. Se convirtió muy pronto y pasó de ser férreo perseguidor de los cristianos a ser, tal vez, el más grande apóstol de la predicación.

Él conocía perfectamente la doctrina cristiana y se enfrentó con los propios apóstoles —concretamente con Pedro en el Concilio de Jerusalén— para aclarar cuestiones fundamentales de la fe. En ese primer momento de la Iglesia, san Pablo estaba allí construyendo desde la herencia de Jesucristo resucitado la Iglesia primitiva.

Especialmente San Pablo conoció la vida litúrgica, las celebraciones y cómo  aquellos primeros cristianos iban formulando su fe; cómo iban aquellos cristianos celebrando sus eucaristías en torno a los textos fundamentales de la fe cristiana. Quizá como nadie de san Pablo vivió esa Iglesia naciente con una intuición increíble.

Y San Pablo, queridos hermanos, era una persona excepcionalmente inteligente. Puede caernos mejor o peor, pero lo que está claro es que fue un hombre de una capacidad excepcional en la inteligencia, en la voluntad, en la entrega, en la decisión. Él, por ejemplo, formuló las cosas más lógicas de la fe cristiana, como la Carta a los Romanos, capítulo 8º decía: «a los que Dios predestinó, a esos los justificó. Y a los que justificó, a esos los glorificó». Uno de los textos fundamentales en referencia a la Teología de la gracia.

Al mismo tiempo San Pablo tenía una capacidad profunda de dialéctica. Una dialéctica de contradicción que sabía superar, por ejemplo, cuando dijo aquello que todo cristiano que haya ido a misa conoce: «la cruz es necedad para los gentiles, escándalo para los judíos, pero sabiduría de Dios para los que creen».

Ahí está, queridos hermanos, diecinueve siglos antes de Cristo, formulado lo que luego Nietzsche declaró el horror ante la cruz, como lo habían declarado los griegos y los judíos. Nadie puede entender la cruz desde el punto de vista humano. La cruz es destrucción. ¿Cómo se puede adorar a una cruz?

San Pablo, queridos hermanos, sabía que la fuerza de la cruz está en la resurrección. Por eso San Pablo recogió un himno que cantaba y proclamaba en la primitiva comunidad que conservamos hoy como el himno más importante de la doctrina de Jesucristo. Es ese himno que hemos leído, que se ha leído y proclamado en la segunda lectura, que está en la Carta a los Filipenses, capítulo segundo. Es un himno que es fundamental en la comprensión de la fe cristiana y que es fundamental en la comprensión de la fiesta que hoy estamos celebrando.

Cristo, siendo de condición divina, se rebajó, se hizo hombre, se humilló, se entregó a la cruz, vivió la más profunda desgracia del hombre. Y desde ahí Dios le exaltó. Lo elevó y lo glorificó en Cristo resucitado. La muerte, queridos hermanos, es un tránsito hacia la vida.

Así lo entendemos los cristianos. Y así en realidad es el misterio de la vida en su hondura. Nunca la muerte triunfa definitivamente. La vida siempre tiene la última palabra. La vida siempre vence a la muerte. Por eso, en esta fiesta, queridos hermanos, del Santísimo Cristo de la Victoria, nosotros celebramos a Cristo de la victoria, al Cristo glorioso.

Solo nuestro pueblo tiene una devoción como esta. Yo no la he encontrado más que aquí. Nuestros antepasados han descubierto que, más allá de la victoria sobre los franceses, está la victoria de Cristo en la vida; la victoria de Cristo resucitado.

Esto es, queridos hermanos, el fundamento de nuestra fe. Es el núcleo, el gozne de todo lo que creemos: Cristo resucitado. Nosotros no creemos en un Cristo muerto, en un Cristo destruido, sino que creemos en un Cristo que muriendo, vive y nos da la vida.

Esto, queridos hermanos, es traducido en devoción y en piedad en nuestra fiesta del Santísimo Cristo de la Victoria. Fijaos, qué mensaje custodiamos. Fijaos la trascendencia que esto tiene para la fe y para la vida de nuestros hombres y mujeres del mundo de hoy.

Con esta fiesta, queridos hermanos, nosotros esta tarde recorreremos las calles viviendo en nuestro corazón con ilusionada pasión este amor por Jesucristo, Santísimo Cristo de la Victoria.

 

+ Luis Quinteiro Fiuza,

obispo de Tui-Vigo