15 de julio de 2026,
San Buenaventura

7 de junio  de 2026 — Concatedral-basílica de Santa María en Vigo

«Ti es o pan do Ceo, novo maná, que para a nosa vida o Pai nos dá». Muchas veces oramos con este canto en nuestras celebraciones. Hoy, en la celebración del Cuerpo y Sangre de Cristo queremos repetirlo una vez más: Dios, en su infinito amor, nos acompaña a lo largo de la historia y, en un momento concreto, se hace uno de nosotros; toma carne y sangre, vive, ríe, llora, se alegra y sufre, como cualquiera de nosotros. Ese Dios infinito que se hace humanidad en Jesús, nos regala su cuerpo y sangre hechos pan y vino para que sintamos su cercanía, para saciar nuestras hambres y nuestra sed. Él es el pan vivo que sacia nuestras ansias y alimenta nuestras esperanzas.

Queremos celebrar esto con la liturgia en el templo y con la liturgia en las calles. Hoy se nos invita a adorar, pero, ¿a qué Cuerpo de Cristo lo vamos a hacer? Nuestra adoración no puede quedarse cerrada en las paredes de los templos, ni caminar sólo por las calles adornadas. Nuestra adoración tiene que hacerse entraña porque la eucaristía que adoramos no es un calmante para la conciencia ni un refugio para escapar de la realidad. Es el pan de los que sufren, y comulgar nos lleva a mirar de frente las llagas de la sociedad en la que vivimos.

El cuerpo de Cristo está presente también en el pan que son las personas, miles de familias que tienen dificultades para llegar a fin de mes, atrapadas en la precariedad laboral con sueldos de miseria que no permiten vivir con dignidad. El cuerpo de Cristo no tiene techo donde cobijarse, expulsado por un escandaloso problema de vivienda que convierte un derecho humano en un lujo inalcanzable, fruto del aprovechamiento de unos pocos, dejando a familias y jóvenes a la intemperie. Cristo está en los que sufren la discriminación por el lugar de su origen en nuestros barrios, donde mirar al migrante con sospecha y desconfianza se va haciendo “normal”. El cuerpo de Cristo también está en tantas personas privadas de libertad, encerrados en el olvido de nuestras cárceles, o en la soledad no deseada de cada vez más ancianos olvidados tantas veces.

Ante este Cristo, pan encarnado, celebramos el «Día de la Caridad» con un lema urgente: «Elige amar. Elige comunidad». Y la campaña de este año aterriza este lema con una verdad apabullante: No podemos cambiar el mundo, pero sí podemos elegir cómo vivir en él. Muchas veces estamos parados usando como excusa que los problemas nos superan. El Evangelio no nos pide salvar el mundo, pero sí podemos elegir no ser cómplices. Elegir amar significa complicarnos la vida por el otro, poner nuestro cuerpo unido al de Cristo en la humanidad. Elegir comunidad significa rebelarse contra la cultura del descarte. O elegimos ser comunidad —un solo pan donde todos nos sostenemos— o nos convertiremos en agentes de la indiferencia.

Toda esta revolución del amor de la que nos habla Cristo-Pan tiene un rostro visible en nuestras parroquias y en nuestra diócesis que se encarna en la familia de Cáritas. Quiero dar las gracias de corazón a cada uno de los voluntarios y voluntarias, que regalan su tiempo y buen hacer en la acogida de las parroquias y en los diversos proyectos; a los trabajadores y técnicos, que aportan su profesionalidad y entrega diaria para devolver la dignidad robada; y a todos los que calladamente sostenéis esta red de esperanza. Vosotros, familia de Cáritas, sois las manos que sostienen el cuerpo herido de Cristo. Vuestro compromiso muestra que, sin poder cambiar el mundo, elegisteis vivir en él abriendo caminos de salvación.

El lema de la visita apostólica del papa León a nuestro país nos dice «Alzad la mirada»; un grito imperioso a dejar de mirarnos a nosotros mismos, de mirar al suelo del desánimo o al aislamiento de las pantallas. Ese grito nos urge a levantar la mirada para descubrir a Dios en medio de nosotros, para mirar a los ojos de tantos hermanos descartados que tantas veces evitamos mirar en las calles. No podemos ser cristianos de mirada baja o distraída ante el dolor ajeno; es una contradicción viviente.

Francisco, el papa tan recordado, nos decía con contundencia: «no podemos comulgar con el cuerpo de Cristo y cerrar los ojos ante el hermano que pasa hambre, que carece de techo o es descartado por la sociedad. La Eucaristía es el pan de los pobres, que nos transforma en instrumentos de su compasión». Y en esa misma línea, León XIV nos recuerda: «contemplar el amor de Cristo nos ayuda a prestar más atención al sufrimiento y carencias de los demás… En la llamada a reconocerlo en los pobres se revela el mismo corazón de Cristo, sus sentimientos y opciones más hondas».

Hermanas y hermanos, la celebración del Corpus no finaliza en el templo o en la procesión que vamos a tener en breve. Si nos alimentamos del cuerpo de Cristo, siempre vivo y entregándose para darnos vida, es urgente que nuestro corazón lata por los más pequeños, como hace el suyo. Vayamos a los barrios, a las periferias, a los lugares más inaccesibles, a las cárceles o portales de exclusión. Convirtámonos en pan que se parte y reparte, pan que se comparte con todos, ¡con todos! Salgamos decididos a sanar toda herida, a romper con toda polarización, a tumbar los muros de la discriminación, a alzar la mirada y jugárnoslo todo por elegir amar y elegir comunidad, como hizo Aquel a quien hoy adoramos. Así, solo así, nuestra adoración será verdadera, auténtica.

 

+ Mons. Antonio Valí Valdés

Obispo de Tui-Vigo