28 de enero de 2026
Bienquerido Xabi, obispo de Sant Feliu, bienquerido Luis, obispo emérito de nuestra diócesis, bienqueridos hermanos sacerdotes, diácono, hermanos y hermanas. Celebramos hoy la fiesta de Santo Tomás de Aquino, del corazón mismo de este centro de estudios teológico San José. Y este no es un detalle menor, es como si celebrásemos la fiesta de un hermano mayor en su propia casa.
La Iglesia nos propone su figura no sólo como un modelo de inteligencia creyente, sino también como un maestro para todos los que recibimos el encargo de servir a la verdad desde el ministerio ordenado o desde la vida laica o consagrada. No celebramos aquí sólo a un genio, que lo fue. Él, sobre todo, siendo un genio de la teología, fue un hombre de fe y de oración.
El Papa Juan Pablo II lo expresaba con claridad en Fides et Ratio, cuando decía que la Iglesia reconoció siempre en Santo Tomás de Aquino un maestro de pensamiento y un modelo del modo correcto de hacer teología. No admiramos sólo el contenido de su doctrina, sino sobre todo su método, una inteligencia abierta a toda verdad, una razón humilde ante el misterio y una fe que no le tiene miedo al diálogo o a la cultura. Para nosotros, estudiantes de teología o docentes, esto es interpelante.
Benedicto XVI en una de sus catequesis sobre Santo Tomás, nos decía que el santo nos enseña que entre la fe y la razón hay una armonía natural y que ambas proceden de la misma fuente de la verdad. En un contexto cultural como el nuestro, que no siempre relaciona bien la fe, la ciencia, la razón y la revelación, su testimonio sigue siendo luminoso. Nosotros estamos llamados a ser hombres y mujeres que no tienen miedo a pensar, que no temen pensar, pero también estamos llamados a ser pensadores que no dejan de creer.
Pero nuestro santo no fue sólo el teólogo de las grandes síntesis, aunque hiciera un trabajo inmenso. Fue también el de transmitir a los demás lo contemplado. La teología nacía en él de la adoración y aquí resuena aquello que repetía con tanta frecuencia el Papa Francisco que en Evangelii Gaudium decía que la realidad es superior siempre a la idea.
La teología no puede convertirse en un sistema cerrado ni en algo abstracto, desligado de la vida del pueblo de Dios. Debe nacer del encuentro con Cristo y volver a ese encuentro en la acción pastoral. De ahí que Francisco advirtiera muchas veces lo de no quedarnos en una teología fría, académica, desconectada del corazón. Él insistía en que el auténtico teólogo es aquel que piensa rezando. Primero contemplar y luego enseñar. Primero adorar y luego predicar.
Al término de su vida, en aquella experiencia mística que marcará profundamente a Tomás Aquino, el santo confiesa que todo lo escrito, todo lo reflexionado y todo lo publicado le parecía paja comparado con lo que había experimentado. Dios siempre es más grande que nuestras mejores palabras y que nuestros mejores razonamientos. No fue un desprecio a la razón, sino la cumbre de la contemplación.
Cuando el Papa Benedicto comentaba esto, este episodio, decía que la verdadera sabiduría cristiana no consiste en saber mucho, sino en entrar en amistad con Cristo. De ahí que la verdadera teología termine siempre en un silencio adorante. Somos servidores y servidoras al misterio. La inteligencia nos hace útiles y la humildad nos hace fecundos.
Bienqueridos amigos, nuestro trabajo y nuestro estudio teológico no puede ser autorreferencial ni funcional. Tiene que ser un acto de caridad pastoral. Un acto de caridad pastoral. Cada esfuerzo por comprender nuestra fe, cada profundización en la Escritura o en la tradición, es un servicio al Pueblo Santo que se nos confía. Este, el pueblo, necesita de palabras, de reflexiones que surjan de un corazón lleno del Señor. Necesita de pastores y maestros que piensen con hondura y que amen con ternura. Que sepan explicar la fe sin complicarla y que defiendan la fe sin endurecerse. Necesita pastores y laicos capaces de dar razón de su esperanza, dialogando sin cansarse con el mundo y con la cultura, y sin tenerle miedo a ese mundo y a esa cultura. Santo Tomás nos enseña que la claridad no está reñida nunca con la humildad ni la hondura con la sencillez.
Os invito en este día tan especial, os invito a que pidamos tres cosas. La primera, que nuestro estudio sea siempre un acto de caridad. Segunda, que nuestra inteligencia esté siempre unida a la oración. Y tercera, que no perdamos nunca la capacidad de asombro ante el misterio de Dios que se revela en cada corazón, en los hermanos, sobre todo de los más pobres. Y que nuestro santo, al que hoy recordamos, nos enseñe a pensar con claridad, a creer con firmeza y a adorar con humildad. Y que todo esto nos haga a ti y a mí más santos y mejores servidores del pueblo santo de Dios.
Que así sea.



