2 de febrero de 2026
Cuando hace unas semanas celebrábamos la Navidad, escuchábamos al profeta Isaías que nos decía: “El pueblo que caminaba en la oscuridad, vio una gran luz”. Y nosotros, vimos en el Niño que nacía frágil y vulnerable en Belén, aquel Niño que no tuvo sitio en la posada y que vino al mundo de manera silenciosa, discreto e ignorado por tantos, al Mesías esperado, al Dios hecho carne, Salvador de la humanidad y del mundo.
Hoy, ese Niño-Hijo de Dios viene al Templo para encontrarse con su pueblo, con cada uno de nosotros; y todos nosotros, salimos con nuestras luces encendidas a su encuentro porque en él reconocemos la Presencia auténtica del Dios cercano y salvador, y queremos “arder” en su luz, ser testigos de esa luz y alumbrar el mundo con nuestra vida. Ese Niño nos dicen que, con él, nosotros somos la luz del mundo; antes éramos tinieblas, pero ahora somos luz. Ese Mesías esperado nos dice “alumbre así vuestra luz a los hombres, para que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos (Mt 5,16).
Celebramos también, la Jornada Mundial de la Vida Consagrada. Muchas, muchos de los que estáis aquí, vivís vuestra vida siguiendo los consejos evangélicos y la vida comunitaria en fraternidad. Esa es vuestra vocación en el seno de la Iglesia, esa es vuestra misión. Gracias a todas y todos por vuestra forma de vida; gracias por vivirlo aquí, en esta Iglesia particular, a la que aportáis un “sabor” y una “luz” con diferentes matices, sensibilidades, estilos, pero construyendo entre nosotros y con nosotros el Reino de Dios.
En la vida de la Iglesia, cada mujer y cada hombre es llamado personalmente por el Señor a seguirlo. Toda vida es una vocación para la misión; a cada quién le toca buscar a qué es llamado y para qué. Y esta vocación-misión es lo que nos da identidad. Qué soy, quién soy… son preguntas que nos llevan a pensar cómo vivir la propia vida. Como seguidores de Jesús de Nazaré, que pasó por el mundo haciendo el bien a todos, estas preguntas resuenan de otro modo: Para qué/para quién soy. Y esto es lo que nos recuerda el lema de la Jornada de este año: ¿Vida consagrada, para quién eres?
¿A que invita esta pregunta?:
1. A recordar que toda existencia responde a una llamada. No elegísteis vosotros este camino, este estilo de vida; fuisteis llamados por Alguien, la iniciativa es suya; y vosotros, la acogéis libremente.
2. El centro de esta vida es Dios y su proyecto salvador. Todo lo demás es secundario, lo importante es vivir desde ese Dios, “abandonándose como niños en los brazos del Padre”, como recordaba el papa León en el Jubileo de la Vida Consagrada.
3. Lo importante es responder a la llamada sabiéndose amada/o por Dios tal como uno es, de manera inmerecida y siempre gratuita. Responder desde las mismas claves: con un amor libre, pobre, abierto a la novedad de cada día. Un amor apasionado por ese Dios que llama y un amor apasionado por los hombres y mujeres a quién Dios ama, y que necesitan que les habléis de un Dios Madre-Padre.
4. ¿Para quién soy?
+ para Dios: abriendo el corazón a ese Dios y ofreciéndolo a todas/os. Buscando a ese Dios en el día a día, en el propio interior, en las personas que conforman las diversas comunidades, en los preferidos de Dios. Buscando hacer su voluntad en la vida diaria, en pequeños gestos que van conformando lo que uno es con ese proyecto salvador de Dios.
+ para las hermanas/os: que buscan y necesitan a Dios. Hombres y mujeres que obligan a renovar cada día la respuesta de amor para que “no ganen terreno en nosotros fenómenos destructivos como el avinagramiento del corazón o la ambigüedad de las elecciones”, como recordaba tantas veces el papa Francisco.
Mujeres y hombres que urgen a tener una mirada abierta y atenta a las necesidades reales de cada quien, descubriendo los signos que los tiempos ponen delante. Para eso es necesario aprender a ver bien, con el corazón, sabiendo que -cómo nos decía el Principito- lo esencial es invisible para los ojos.
Hombres y mujeres, que esperan de vosotros relaciones frescas, nuevas, que vayan creando “vínculos” que hagan que cada quién sea único, por el tiempo y la vida dedicadas a ellos; hombres y mujeres que digan como el zorro del Principito, “domestícame”, crea lazos conmigo que sean irrompibles y que nos hablen de los lazos que Dios crea con cada persona, porque Él vino al mundo a “domesticarnos”.
+ para los más pobres, preferidos de ese Dios que os llama y que os invita a entregar vuestra vida por cada uno de ellos. En esos pobres descubrimos todos el rostro de Dios que en cada una, uno de vosotros tiene unos rasgos bien definidos: niños, adolescentes, mujeres maltratadas, personas mayores, madres solas, personas sin hogar, hombres y mujeres con capacidades diferentes, familias muy complicadas, mujeres y hombres de parroquias… Sois para todas y todos ellos, en medio de ellos, con ellos, siendo uno de ellos. Esa misión a la que Dios os llama os lleva a una predilección irrenunciable por los pobres y por las periferias geográficas, como puede ser esta Iglesia particular de Tui-Vigo que está en una esquina del mapa, ya casi en el Finisterrae, sin olvidar también las periferias existenciales, que hablan de los márgenes descartados de la sociedad, que también tenemos aquí.
5. ¿Cómo hacer todo esto?
El papa Francisco hablaba de las tres “P” necesarias en la vida consagrada:
+ Plegaria: regresar continuamente a Dios que es quien os llamó a esta vida. Ese continuo volver a Dios llevará a trabajar siempre por Dios y no por los propios intereses o por los intereses de las Congregaciones o institutos a los que pertenecéis. Solo por Él
+ Pobreza: que ayuda a reconocernos como somos, limitados, frágiles, y que se constituye en un muro de contención de la vanidad y orgullo
+ Paciencia: que lleva a afrontar lo pequeño de la vida comunitaria hasta el sacrificio de amor de sí mismo; ayuda a llevar sobre las espaldas los problemas y sufrimientos del mundo.
Y sin querer enmendarle la plana al papa Francisco, añadiría otra letra, la “A” de Alegría, recordando aquello de san Pablo: “estad siempre alegres en el Señor. Os lo repito: estad alegres” (Flp 4,4)
Bienqueridas consagradas/os, que vuestras vidas brillen con mucha fuerza; vivid siempre como hijas y hijos de la luz, para que los que vean vuestras buenas obras, glorifiquen al Dios Padre/Madre que está en los cielos. El mundo necesita de esa luz, la Iglesia necesita de esa luz, esta Diócesis necesita de esa luz que nos enriquece y engrandece.
Gracias!!!!



