15 de enero de 2026
Bien querida familia de D. Ramiro
Bien queridos sacerdotes de los presbiterios de Orense y Tui-Vigo
Bien queridos vecinos, vecinas, amigos y amigas
En momentos como este que compartimos, son muchas las palabras que decimos, que nos gustaría expresar y hacer llegar, de una manera especial a todas las personas cercanas a nuestro hermano sacerdote. Es cierto que a veces no sabemos muy bien que decir o como hacerlo… y las palabras se nos quedan cortas, y habla el silencio.
Me gustaría hoy compartir con vosotros una triple palabra: de acompañamiento, de esperanza y de acción de gracias.
- Palabra de acompañamiento.
Con nuestra presencia, con nuestro silencio, también hablamos, diciendo una palabra de acompañamiento: a la familia de Don Ramiro, a la comunidad de sus feligreses, a esta comunidad parroquial que nos recibe, a la familia-presbiterio de Tui-Vigo y a los sacerdotes de esta diócesis que nos acoge.
Nuestra presencia y silencio quiere ser una palabra elocuente de consuelo, cercanía, cariño, de compartir lo que somos tanto en la alegría como en la pena. Acompañémonos solidarizándonos frente al dolor y a la muerte, frente a la tribulación que supone siempre despedir a alguien que compartió con nosotros el caminar de la vida y el caminar en la fe.
- Palabra de esperanza.
Decía el apóstol Pablo en una de las cartas que escribía a los cristianos de Tesalónica: no agonicéis como aquellos que no tienen esperanza (1 Tes 4, 13). El apóstol nos recuerda así, que no podemos quedarnos solo en ese aspecto humano inquietante y temeroso de la muerte; nosotros somos hombres y mujeres esperanzados, y esta esperanza nos da una perspectiva diferente frente a la muerte.
Escuchábamos en la primera lectura, del libro del Apocalipsis: esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva (Ap 21,1). Estamos llamados a un lugar donde para siempre seremos el pueblo de Dios, Él será para nosotros nuestro Dios y nosotros seremos sus hijos (Ap 21,7). Y también escuchábamos en el Evangelio: no agonicéis: creed en Dios y creer en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas, y cuando vaya y os prepare un lugar volveré y os cogeré conmigo (Xn 14 1-3).
Esta esperanza nace y se alimenta de la fe. Esta fe nos lleva a descubrir en Jesucristo, nuestra esperanza: a descubrir en ese niño que se encarna en la miseria de Belén, en el niño que vive en el silencio paciente de Nazaré, en el joven que pisa los caminos del mundo encontrándose con la debilidad y fragilidad humana, en ese hombre que pasa haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo; descubrimos nuestra esperanza en ese hombre adulto que se inclina y lava los pies de sus amigos, que busca la unidad de corazón de todos los suyos, que se hace alimento de vida eterna y comunión real en el pan y vino compartido, que cuelga -por amor- muerto en una cruz y que trae la ilusión cuando resucitado nos dice al corazón: la paz con vosotros.
La fe nos lleva a ser y hacer cosas insospechadas, sorprendentes. A confiar sin ver claro, a fiarnos de aquel que es la Palabra, a esperar en lo imposible que se hace realidad. Esa fe en Jesucristo nos dice que el amor es el Camino, la Verdad y la Vida; que ese amor transforma a toda persona y que da la vida, porque Él es a Vida misma.
Por la fe, confiamos plenamente en el Buen Pastor, Jesucristo. Con Él lo tenemos todo, nada nos falta. Con Él vamos a los pastos verdosos a reposar y a beber en aguas tranquilas, siempre. Él repone nuestras fuerzas y nos guía a calles rectas, es nuestro bastón y sosiego, pone la mesa para nosotros y por Él podemos decir: habitaré en la casa del Señor todos los días de la vida.
En estos pastos verdosos está Don Ramiro, y confiamos y esperamos encontrarnos un día con él y con el Buen Pastor.
- Palabra de agradecimiento.
A Dios, Señor de la vida e historia, del tiempo y de lo que somos, porque nos llamó a la existencia, nos llamó a seguirlo en la comunidad de la Iglesia y a construir y vivir el Reino.
A Dios que nos llamó a seguirlo haciendo de nuestra vida un servicio ministerial, como llamó a Don Ramiro. Esa llamada cambió y configuró la vida de nuestro hermano, haciendo de él un trabajador en la viña del Señor (Benedicto XVI), que intentó anunciar la Palabra del Buen Pastor, llevar adelante su Reino, comprometiéndose con los pequeños en la Iglesia que camina en Tui-Vigo.
Ramiro, nos unimos como Iglesia-familia en oración por ti en esta tarde. Ponemos en estos momentos tu vida en las manos de Nuestra Madre, la Virgen de la Franqueira, patrona de nuestra diócesis de Tui Vigo. Que Ella, Madre amorosa, te lleve ante el Dios-Amor, comunión infinita y misericordia inagotable, y que este Dios te de el descanso y la paz. Oramos también por los tuyos, por las comunidades a las que te entregaste, por el presbiterio con el que serviste y formaste familia, que tu vida, como el grano de trigo que muere sementado, resucite y de fruto abundante en todos ellos. Amén.



