VIII centenario de la dedicación de la catedral de Santa María de Tui
1 de diciembre en Tui
Ayer, dábamos comienzo, con mucha alegría, a la celebración de los 800 años de nuestra Iglesia-Catedral; lo hacíamos inaugurando el Año jubilar concedido por la Santa Sede, en comunión fraterna con las diócesis vecinas del resto de Galicia, de Palencia, Viana y de Braga. Fue un gran acontecimiento, de esos que dejan una fuerte huella en nuestra memoria afectiva.
Esta mañana, lo celebramos de una manera más familiar y cercana. Toda la comunidad diocesana está de fiesta porque la Iglesia madre, la matriz que alimenta la fe, la esperanza y el amor de toda esta Iglesia particular, celebra 800 años de vida, con un pasado hermoso y configurador, un presente vivo y lleno de desafíos, y un futuro esperanzador e ilusionante.
Esta Iglesia Catedral es signo de la Iglesia viva, edificada con piedras escogidas y preciosas en Cristo, el Señor, que es la piedra angular, y por eso, cada vez que entramos en ella, pensamos en ella, y en los sentimos en comunión con ella, recordamos que también «como piedras vivas, entráis en la construcción de una casa espiritual» (1 Pe 2, 5).
Cuando un llega a esta ciudad de Tui, lo primero que ve, junto con la mansedumbre del Miño que baña estas tierras, es este Templo, afincando en el alto, referencia constante de la vida de todo el vecindario. Este Templo afincado en la roca, los recuerdan donde estamos asentados como Iglesia: en la roca que es Cristo, en su palabra de vida y en el Reino por él predicado. En él nos apoyamos, en él nos sentimos en buenas manos, «sólo él es mi roca y mi salvación» (Sal, 62). Jesucristo es la piedra angular, él es «el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en tu mano» (Sal, 16). Y esta confianza los llevan a decir con el salmista: «por eso se alegra mi corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa esperanzada» (Sal, 16).
A lo largo de estos 800 años muchos hombres y mujeres de estas tierras sintieron aquí la cercanía de un Dios, hecho hombre por amor, que acoge, acaricia, anima, consuela, alumbra en oscuridad es descanso en las fatigas, y que dice —como los discípulos al ciego en el camino— levántate, que te llama. Aquí, muchos hermanos y hermanas, sintieron la voz del Señor que preguntaba a cada uno en su corazón: «¿qué quieres que te haga?». Y una vez más, «ve, tú fe te ha salvado», invitando a ponerse en camino, soñar, hacer proyectos, abrirse al futuro, a no quedarse nunca sentados al lado del camino.
Nuestra Iglesia catedral se fue construyendo con el esfuerzo de muchas personas, piedra la piedra, poniendo cada uno algo de su trabajo, sueños e ilusiones. Las piedras hablan con elocuencia de vida, constancia, de proyecto en común, de presente y futuro… De ahí, que sea preciso —en cada momento de la historia— volver constantemente a Cristo, piedra angular, y a su evangelio, siendo dóciles a la acción del Espíritu, como nos recordaba el papa León, en la misa de la dedicación de su catedral.
Este templo, símbolo de Cristo y de su Cuerpo místico, la Iglesia, los dicen: «también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción de una casa espiritual» (1 Pe 2,5). Jesús, el Señor, es la piedra angular, transformadora, y los llaman a trabajar en la gran obra de la construcción de Dios.
A nosotros, ochocientos años después, herederos de una larga tradición de fe, camino y venida, los tocan hacer Iglesia, y este es el gran reto que supone este centenario y esta celebración. En palabras del papa León: todos somos llamados con nuestro bautismo a construir el edificio de Dios en la comunión fraterna, en la armonía del Espíritu, en la convivencia en las diferencias. Como afirma san Agustín: «todos los que viven en concordia con los hermanos y aman a sus prójimos son los que componen la Iglesia» (Sermón 359).
¿Cómo responder a este reto? ¿Cómo seguir construyendo, como ser piedra hoy? El Jubileo no puede quedarse solo en una memoria agradecida o en una hermosa celebración. El peso de tantos años de historia los lleva a coger el testigo de seguir haciendo real, piedra la piedra, el templo espiritual que esta catedral representa. No podemos quedarnos paralizados o indiferentes; atentos a los gritos del mundo tenemos que ser una Iglesia que se mancha las manos para servir al Señor (papa Francisco, misa conclusión Sínodo obispos 2024).
Estamos llamados a no «ser una Iglesia sentada, sino en pie. No ser una Iglesia muda, sino que recoge los gritos de la humanidad. No una Iglesia ciega, sino iluminada por Cristo, que lleva la alegría del evangelio a los demás. No una Iglesia estática, sino misionera, que camina con la Señor por los caminos del mundo» (papa Francisco). Una Iglesia que construye puentes, con el diálogo, con el encuentro, uniéndose todos para ser un solo pueblo siempre en paz, trabajando sin miedo, con los brazos abiertos para acoger y no rechazar, para vivir en fraternidad y no descartando, para buscar siempre la caridad, esa caridad que se hace acogida, palabra, pan, mano tendida, que busca estar siempre cerca de aquellos que sufren.
Decía el papa León: ¡esta es la hora del amor! La caridad de Dios es el corazón del Evangelio, y esta caridad nos hace hermanos entre nosotros. ES urgente construir Iglesia fundada en el amor de Dios y signo de unidad, una Iglesia misionera, que abra los brazos al mundo, que anuncia la Palabra, que se deja cuestionar por la historia y si convenirte en lévedo de concordia. ES urgente construir una Iglesia de la compasión, que no se quede en las palabras, sino en los gestos. ¿Cuál podría ser nuestro gesto durante este Jubileo, a nivel personal, a nivel parroquial, a nivel diocesano? ¿Que dejar que no ayuda a levantar el templo? ¿Qué buscar para que el templo que somos, irradie la luz de Cristo?
Todo este esfuerzo no se puede hacer a nivel individual; no, todos juntos —¡todos!— sinodalmente, aunque en los leve más tiempo. ES la hora del amor, y donde hay amor no hay miedo; es preciso romper con los miedos que en los atenazan, que nos atan en falsos respetos humanos, que nos impiden ser creativos, audaces, que nos esclavizan en las costumbres y en los paralizan ante todo cambio, novedad o aire fresco que nos desconcierta. La construcción de la Iglesia es de todos, trabajando cada uno en lo suyo, pero en el mismo sueño y proyecto, con la humildad de saber que solo juntos podremos llevarla adelante, y que se en los equivocamos, siempre podemos volver a comenzar.
Esta es la hora del amor, repite León XIV. Solo desde el amor, afincados en él, podremos seguir haciendo Iglesia. Recibimos una herencia, la transmitamos sin descanso, sabiendo que en el templo que somos, ese templo del que simboliza la catedral, Dios está y nos ama, y el mal no prevalecerá.
Bajo el amparo de María ponemos todo el Año jubilar. Sabemos que, como Madre amorosa, seguirá acompañando a todos sus hijos, animándolos en la construcción de la Iglesia. Que el ardor apostólico del bienaventurado Pedro González Telmo sea un estímulo constante en este momento y siempre. Amén.



