15 de abril de 2026,
San Damián de Molokai

«Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna». Estas palabras de Juan, que acabamos de escuchar, resuenan en nuestro corazón: «tanto amó Dios al mundo…».  Y quieren darle sentido a nuestra celebración. Celebramos al Cristo de la Victoria, ese Cristo que roto en la cruz se levanta atrayendo a él todas las miradas y corazones, y ahí nos invita a preguntarnos: «¿quién es?». 

Nosotros miramos con cariño la imagen de nuestro Cristo. Incluso la cruz, siempre dura, es signo y adorno de muchas casas y de muchos y muchas de los que estamos aquí. La cruz de Cristo nunca dejó indiferente a nadie: o lleva a la fe o provoca una fuerte oposición. Ya desde el inicio de la Iglesia había muchos que rechazaban la cruz, querían adulterarla o minusvalorarla: los gnósticos creían que era un error pensar que el Hijo de Dios  podía morir como todos; los judíos, afirmaban que el Dios santo no podía manifestarse en un condenado; y los paganos, rechazaban un Dios débil, un dios mortal.  

Para Juan, la cruz es revelación del exceso del amor del Padre: «tanto amó Dios al mundo…». La Cruz habla de entrega y salvación. Para Juan, la fe no es un acto sentimental, ni una afirmación ideológica, ni siquiera una posición religiosa; la fe es la aceptación en libertad de la entrega amorosa de Jesús; su fruto es la salvación. El Evangelio es palabra de vida y plenitud, no de condena o fracaso. 

¿En qué crees? ¿Cómo es tu fe? El Evangelio remite la respuesta a la persona de Jesús: cree en él. Acepta que en esa cruz está Dios amando y respondiendo a los anhelos de todas las personas que buscan ser amadas; esa cruz es expresión suprema del amor con que Dios nos ama y prueba de que nadie, nadie, queda fuera de la salvación, empezando por los descartados del mundo. 

Esa salvación, esa plenitud existencial, esa felicidad que llega a todas las dimensiones de nuestra existencia es un regalo inmerecido y gratuito de Dios a la humanidad, a cada hombre y mujer; a todos y todas sin exclusiones ni diferencias. En esa cruz, el Dios hecho carne, mira al cielo con los sentimientos, dificultades y deseos humanos buscando al Dios Padre-Madre; en esa cruz, el Dios hecho carne, abraza a toda persona y hace suyos los sufrimientos y dificultades de la vida de tantos. Por eso, cuando uno mira a la Cruz se siente salvado, amado, comprendido, escuchado, valorado, esperanzado. En ese abajamiento y humillación extrema, reconocemos que no hay situación, por negativa que sea, que no esté acogida y redimida en su amor; ni ser humano sobre el mundo y el tiempo, por el que Cristo no haya derramado su sangre. Cuando vemos a Cristo en la cruz, reconocemos el poder de su resurrección y la luz que todo ser humano necesita buscando el camino para encontrarla en él. 

Vivir con la convicción de ese amor excesivo de Dios es el que nos posibilita una fe en Cristo, que tiene como meta la salvación histórica y definitiva, y en ella, nuestra más plena realización. 

Vivir con esta fe los llevan a ser testigos de la hondura de la entrega que explica evangélicamente la vida, muerte y resurrección de Cristo: la entrega del Padre, que tanto amó al mundo; la entrega del Hijo, que se nos da en la totalidad de su persona; la entrega de cada seguidor y seguidora de Jesús, que fue incorporado por el bautismo a la muerte y resurrección de Cristo. 

Seguir a Cristo hoy nos exige aceptarlo en la manera en la que él se nos manifestó: un amor entregado sin límites, de donde brota el perdón y renace la fraternidad, porque solo el amor deja lugar al otro. Solo el amor es el camino para la plena comunión entre nosotros (Papa Francisco). 

Santísimo Cristo de la Victoria, que estás siempre en medio de nosotros para abrazarnos y acoger nuestras heridas y cicatrices. Gracias por tanto amor derramado, por tanta plegaria escuchada, por tanta esperanza sembrada en todos los que acudimos tantas veces a ti. Señor que te levantas cómo faro en medio de nosotros en tu cruz, que aprendamos de ti a despojarnos de todo egoísmo y vayamos siempre al encuentro del otro, para estar más unidos y ser más fraternos, abiertos y universales.  

Santísimo Cristo sé tú nuestra guía, nuestra fuerza, nuestra esperanza y nuestro amor. Amén. 

 

+ Mons. Antonio Valí Valdés 

Obispo de Tui-Vigo