En este camino de Adviento que estamos viviendo, la liturgia nos pone delante la figura de María, la Madre Inmaculada, la mujer del sí incondicional al proyecto de amor de Dios sobre ella y sobre toda la humanidad. María es la portadora de la salvación para el mundo; un mundo que precisa recuperar la figura de una mujer, María, para enseñarnos que el pecado no tiene la última palabra.
Es María, la Inmaculada, quien nos habla de recuperar los valores perdidos u olvidados. Es ella a que en los invita a creer, la permanecer en silencio, rumiando la Palabra de Dios que ven sanarnos y salvarnos. Ella es el espejo en quien mirarnos y quién proclama en un cuanto de júbilo que el mundo tiene esperanza, porque la esperanza lleva el nombre de su Hijo: la esperanza se llama Jesús, el Emmanuel, el Dios con nosotros.
Celebramos esta fiesta con profunda alegría. Dios no nos deja perdidos en el abismo y en la oscuridad: somos elegidos por el Amor en relación con Jesús, el Hijo de María. Ella es elegida y discípula: escucha la Palabra y obra según ella; inicia un camino con esperanza y a la espera de la Vida. Y en ella Dios los dicen: te alegra, estoy contigo. Te alegra, y que esa alegría no desfallezca nunca, porque nunca va desfallecer mi amor. En ella también en los dice el Señor: no tengas miedo, porque encontraste gracia ante Dios, y esa gracia va a hacer de ti algo nuevo y grande. No tengas miedo, no te preocupes, el Espíritu del Altísimo bajará sobre ti fecundando tu vida. Y nosotros, como María, ante tanto amor derramado y regalado por Dios, decimos: he aquí la esclava del Señor, se cumpla en nosotros el que dijiste. Nosotros, ante tanto amor, solo podemos decir sí, se haga, toma el que somos y lleva adelante tu obra, tu sueño salvador. ¡Hágase, hágase!
Miguel, como hijo de Dios que eres, el Señor te llamó a la vida y a la fe por el bautismo. Entraste a formar parte de su pueblo santo, unido la tantos hermanos y hermanas: eres miembro de un pueblo sacerdotal. Y en este pueblo, Dios te eligió para ejercer, en su nombre, el ministerio presbiteral, continuando su misión personal de Maestro, sacerdote y pastor. Participas de la misión de Cristo, el único Sacerdote. Eres llamado a ser pastor: pastor del pueblo de Dios, pastor que va con el pueblo de Dios. Parafraseando la san Agustín: con los hermanos eres cristiano, y para los hermanos eres sacerdote. Con los hermanos, en medio de ellos, siendo uno de ellos, con la misma dignidad que ellos, pero con una misión para ellos: ser pastor, creador de puentes. Y todo esto no a tu aire, ni según tu criterio. Eres llamado a ser pastor al estilo del Señor: sirviendo, con el estilo de cercanía, compasión y ternura, que el Señor vivió siempre. Me gustaría recordarte hoy unas palabras del papa Francisco, que siguen siendo actuales, y que es preciso que los pastores nunca olvidemos.
Hablaba Francisco que nuestra vida tiene que ser un servicio, con una “traza” especial: la cercanía, porque así fue y es Dios con nosotros. Cercanía que se tiene que manifestar en la pasión por estar con el Señor, compartiendo con él momentos largos de oración, de escucha de su Palabra, de silencio elocuente ante él y con él. No es un mero cumplir, es disfrutar y vivir la amistad con aquel que nos ama, como diría Teresa de Xesús. Esa proximidad de Dios también se ha manifestar en la proximidad con los hermanos, con cada uno, incluso en medio de la miseria de la vida y del pecado. Nuestro Dios anduvo sumergido en la suciedad del mundo siendo mano próxima tendida a todos.
Cercanía también a tu obispo: eres colaborador de él en su misión y en él encontrarás siempre vínculos de unidad. No te dejes arrastrar nunca por la tentación de si te gusta o no el obispo, de si te cae bien o es de tu línea. Él es tu padre y es el vínculo de tu unidad.
Cercanía a tus hermanos en el presbiterio. Ellos no son colegas, ni compañeros, son hermanos y estáis en la misma misión. Que esa proximidad te lleve a amarlos, la sentirte parte de ellos, la defenderlos, la sentirte próximo a ellos, a no criticarlos ni murmurar de ellos, la trabajar juntos, porque juntos sois familia.
Y, como no puede ser menos, proximidad al pueblo santo de Dios. No olvides nunca de donde vienes, fuiste elegido —como todos los presbíteros— sacado del pueblo de Dios. A ese pueblo eres enviado para gastarte por él, para servirlo, para caminar con él desparramando esperanza, para entregar tu vida y tu muerte por él. Y de una manera especial, recuerda que eres enviado a sanar los corazones rotos de tantos: los pobres han tener siempre un sitio fundamental en tu vida, no son algo anecdótico y secundario; como diría Vicente de Paúl, «ellos son nuestros amos y señores». No te olvides de ellos nunca, y que ellos tengan siempre en ti, un padre, una madre que acoge, cuida, sirve y ama.
Francisco hablaba también que, junto a la cercanía, en el estilo del Señor está la compasión y la ternura. No cierres nunca tu corazón a las necesidades de tus hermanos. No seas un cura de mirar el reloj, ni de horarios restrictivos, ni de venga cinco minutos antes de la misa o vuelva mañana… Tu tiempo ya no es tuyo, es de los otros. Pierde el tiempo escuchando y consolando, acogiendo, sonriendo y siendo misericordioso, siempre. Que quien se aporte a ti nunca se sienta juzgado, desatendido o aplazado. Perdona siempre y en toda ocasión. Sé tú, el rostro amable de un Dios compasivo y tierno. Vive siempre con la ternura de una madre, esa ternura que hace que un sienta que está en casa de Dios, en el hogar.
Que en tu estilo no haya vanidad ni orgullo, solo gratuidad. Vive pobre, como la mayoría del pueblo santo de Dios; pobre entre los pobres, amando con generosidad, porque como dice el Señor Jesús —y en los recuerda el libro de los Hechos de los Apóstoles— «es más felicidad dar que recibir» (Hch 20, 35).
Gracias, Miguel, por tu entrega en esta Iglesia particular de Tui-Vigo. Gracias a todos los que a lo largo de tu formación te acompañaron y pusieron su grano de arena para que habías llegado a ser hoy presbítero: al seminario con sus formadores, a los sacerdotes, a tus compañeros, a la tuya familia y a la tuya parroquia, a tus amigos y feligreses.
En esta fiesta de María Inmaculada, le pedimos que sea siempre para ti, un modelo de entrega confiada, de sí generoso, de alegría desbordante, de creyente que busca hacer la voluntad del Señor en cada momento. Te encomendamos a sanTelmo, para que siempre haya en ti la urgencia creativa que tuvo en el anuncio del evangelio.
Rezo por ti, rezamos por ti, y por esta Iglesia bendecida por Dios en tu ministerio; no dejes de rezar por mí, por tus hermanos presbíteros y por esta Iglesia que hoy te acoge.



