15 de mayo de 2026,
San Isidro Labrador

25 de abril de 2026

En el día a día, en muchas ocasiones, somos sorprendidos por lo que la vida nos va poniendo delante: problemas, dificultades, retos, y tantas situaciones que nos sobrepasan. Pero cuando llega la muerte y explota en nuestra existencia, nos vemos superados siempre: la muerte llega sin avisar, descoloca, destruye planes de futuro, y deja una sensación de gran impotencia, y ahora que? Que significa todo esto? Vale la pena vivir? Por que? Por que?!

Y tenemos que reconocer que no hay palabras que respondan de una manera serena. No hay palabras que expresen todo lo que nos gustaría y lo que sentimos… y sin embargo, nosotros, los seguidores de Jesús de Nazaret, Aquel que pasó por el mundo haciendo el bien, que murió y resucitó, queremos escuchar y proclamar una palabra de esperanza: no estamos solos, podemos confiar, todo y todos estamos en las manos del Dios que nos quiere y acompaña, que se hace cercano y que nos entiende.

Hoy nos sentimos como los discípulos de Emaús: parece como si nuestras seguridades se vinieran abajo, vamos desconcertados, pensando en todo esto. Y en esta situación, también hoy, un Desconocido -aunque para nosotros no lo es tanto- sale a nuestro encuentro, nos acompaña con su Palabra que hace arder el corazón, hace camino con nosotros con una dulce e infinita paciencia, y parte para nosotros el pan que da nuevos respiros y nos alimenta de esperanza. Hoy, le decimos a ese Acompañante, quédate con nosotros: en nuestra desilusión, en nuestra incomprensión, en este desaliento. Y se lo decimos confiando en que su presencia nos da serenidad y nos hace entender que Él es la vida, y que necesitamos compartir esto y el resto de nuestra existencia con la comunidad de hermanos y hermanas. Y por esto somos capaces de rezar desde lo hondo del corazón: “Enalteced al Señor porque es bueno, porque su amor es eterno. En la aflicción invoco al Señor, y Él me escucha y me libra. El Señor es mi fuerza, mi cantar, Él es mi salvación”.

En este momento, queremos hacer memoria de lo vivido con José y lo compartido con él, aunque recordarlo provoque dolor. Son muchos recuerdos, muchas vivencias, muchos sueños y esperanzas, muchas cosas buenas compartidas en familia, con los amigos y con tantos en tantas actividades pastorales… Todos con la intención de sembrar vida, crear familia, con el mismo estilo del Maestro Jesús. En esta mañana tiene que ser un recuerdo hermoso, y un recuerdo agradecido.  Todo lo que vivimos y somos es un regalo: la vida, las personas, la amistad, la fe, el compromiso… Cuando miramos atrás y recordamos todo, hasta lo menos bueno, hasta lo malo… podemos sentirnos agradecidos. Hoy queremos dejarnos empapar de acción de gracias: gracias a José, por la huella que deja en nosotros, y por todo cuanto vivimos juntos, por su estilo, por lo que fue y nos transmitió. Y gracias a Dios porque le dio la vida, e hizo que nos encontrarámos con él, compartiendo tantos momentos. Gracias a Dios porque nos invita a conocerlo, reconocerlo, amarlo y seguirlo con confianza sabiendo que Él es la vida y nos llama a vivir para siempre.

Nuestro agradecimiento quiere hacerse oración confiada: ponemos la vida de José en las manos de Dios; nuestro dolor, asombro y desconcierto en su corazón. Y lo hacemos con confianza, sabiendo que Él siempre hace arder de nuevo nuestras ilusiones y nos alimenta con su amor hecho pan.

Somos comunidad de creyentes y juntos, proclamamos con los discípulos: “Es cierto, el Señor resucitó”. No podemos callar, ni podemos perder la esperanza. Es cierto, el Señor resucitó; y nos va resucitando a todos poco a poco.

Señor, acoge a José, resucítalo en la Vida para siempre; resucita nuestras inquietudes y corazones frágiles, nuestras ilusiones y esperanzas; resucita nuestros sentimientos… confiamos en Ti, para poder decir con fe: este es el día en que obra el Señor, alegrémonos nel (…) enalteced al Señor porque es bueno, porque Su Amor es eterno.

 

+ Mons. Antonio Valín Valdés

Obispo de Tui-Vigo