13 de mayo de 2026
Bienqueridos/as hermanos/as:
Somos muchas las personas que a lo largo de esta jornada, y en estos días previos de novena, nos acercamos hasta esta iglesia-santuario para rezar ante la imagen de la Virgen de Fátima. Nuestra presencia quiere hacerse oración agradecida y confiada a Dios por la intercesión de nuestra Madre, María.
Recordamos aquel 13 de mayo de 1917 donde el cielo tocó la tierra a través de los 3 niños pastores para darnos un mensaje de paz en pleno contexto de guerra. Dios se vale de los pequeños -aquellos niños- para transmitirnos un mensaje de esperanza, invitándonos a convertir el corazón y creer en él y en su acción en el medio del mundo e historia.
El mensaje que María le fue transmitiendo a aquellos niños sigue siendo bien actual porque nos habla de:
- La necesidad de oración como arma por la paz. María pide que se ore con confianza, meditando la vida de Jesús con sus ojos y pidiendo constantemente por la paz. En un contexto como el que estamos vviendo, orar por la paz ante tantos conflictos mundiales es bien urgente, pero también ante tantas situaciones que rompen con la paz en las familias, en los hogares, en las relaciones personales y en el propio corazón. Decía el papa Francisco que esto era “poner en el Corazón de la Madre lo que nosotros no podemos resolver, sabiendo que solo Dios puede eliminar el mal de tantas guerras crueles e insensatas”.
- La conversión de los corazones. María insiste en su mensaje en la urgencia de volver el corazón a Dios, para alejarnos de la tendencia al pecado que no nos deja ser felices, ofreciendo pequeños sacrificios por la paz y por todos los que no siempre vivimos el mensaje del evangelio.
La conversión del corazón nos invita a la santidad diaria, en las cosas de cada día, con las personas con las que convivimos, haciendo de la rutina de cada día, un camino de salvación.
- También, María nos anima a mantener la esperanza: en un mundo revuelto la última palabra es de Dios, que siempre es de victoria sobre el mal. Ella es nuestra compañera de camino en la vida, no es la protagonista, pero sí es quien nos acoge y nos señala a Jesús, nuestro Salvador.
Cuando celebramos esta fiesta, no podemos quedar solo en la devoción piadosa, en nuestras peticiones o acciones de gracia. Este volver a María, que siempre es un volver a su Hijo Jesucristo, ha de llevarnos a la acción. No podemos volver a la casa como venimos. María, que es la Señora de la prisa, la que sale rápido para ayudarnos, y la que nos permite ver la luz de Dios, nos recuerda que nuestra devoción sincera nos tiene que llevar al compromiso, a abrir el corazón de los que sufren, no cren o están en un momento difícil; también nos ha de llevar a abrir el propio corazón a cada hermano para que la paz desarmada y desarmante nos una en un mismo sentir y haga realidad el sueño de Dios sobre la humanidad.
Hermanos y hermanas, esta fiesta de la Virgen de Fátima nos reafirma en la confianza de que volviendo el corazón a Dios, de la mano de María, seremos capaces de influir en el curso de la historia. ¡No perdamos nunca la esperanza! El amor es más fuerte que el odio, y la gracia de Dios siempre tiene la última palabra.
Virgen de Fátima, nos ponemos bajo tu manto, protégenos a nosotros y a nuestras familias, y guíanos siempre cara la paz de tu Hijo Jesús. A Él el honor y el poder por siempre eternamente. Amén.


