21 de abril de 2026,
San Anselmo

Santísimo Cristo de la Victoria, símbolo del amor excesivo de Dios y de la injusticia humana, icono del supremo amor y del extremo egoísmo de los hombres, te haces presente en este día en medio de las calles de nuestra ciudad, saliendo al encuentro de tantos hombres y mujeres que te buscamos con la mirada y con el corazón sincero.

Tu cruz sigue alzándose en las encrucijadas de la vida, en tantos caminos y calles, en toda persona marcada por las cicatrices, heridas y compromisos del día a día.

Seguimos viéndote alzada en tantos hermanos y hermanas que mueren por el hambre, por las guerras siempre injustas; que son asesinadas por las injusticias, violencias y silencios.

Te seguimos viendo en el rostro de los niños, mujeres, personas agotadas que escapan de situaciones de desamparo, que cruzan los mares buscando una esperanza que quieta tantas veces ahogada en medio de las aguas.

Te seguimos viendo alzada en aquellos que se aprovechan de los demás, que no les duelen vivir a costa de los de otros, pisando y abusando, envueltos en la indiferencia; en los ladrones y corruptos que, en vez de buscar el bien común, se guían por intereses egoístas; en los corazones duros que juzgan y condenan a los otros por no pensar como ellos, por ser diferentes, hablar otra lengua o tener otro credo.

Te seguimos viendo alzada en aquellos que destruyen nuestra casa común, que no respetan el medio ambiente, que queman nuestros montes o no cuidan la hermosura de la naturaleza, arruinando el futuro de las generaciones que están viniendo.

También te vemos, Cruz de Cristo, en el corazón de tantas personas buenas y justas, que hacen el bien sin buscar el aplauso o admiración ajena; en los que viven su vida con sencillez y pasión, compromiso y alegría; en los que hacen de la acogida y el perdón su norma de vida; en los que viven con alegría su fe e intentan contagiarla; en las familias que viven su amor, en los voluntarios que socorren generosamente a los necesitados y tantas veces, maltratados.

Estás, Cruz de Cristo, en el interior de las personas soñadoras que viven con un corazón de niño y trabajan a destajo cada día para hacer que el mundo sea un lugar mejor, más humano y más justo. Estás en el corazón de la juventud que afronta la vida con esperanza, que sueña y se compromete para cambiar las estructuras.

Santísimo Cristo de la Victoria, que tu amor nos ayude a romper con los odios que ciegan los corazones y las mentes. Suscita en nosotros el deseo de Dios, del bien, de la luz, de la fraternidad. Ayúdanos a ser brazos abiertos, como los tuyos en la cruz, para acoger, acompañar, abrazar a todos y todas sin exclusiones. Ayúdanos a tender puentes para acercarnos a todos, para derribar muros, para buscar la paz —siempre la paz, y solo la paz—… Que no escatimemos esfuerzos y medios para conseguir la paz, olvidando lo que nos separa y buscando lo que nos une. Paz en tantas zonas del mundo, en tantos conflictos absurdos y estúpidos; paz en cada país, ciudad, pueblo, barrio; paz en las familias y amigos, en los trabajos y proyectos; paz en cada corazón.

Señor, mira a esta ciudad desde tu cruz, a cada institución, grupo, comunidad, asociación de vecinos, parroquia, a cada vecino y vecina, y bendícenos con el don de la fraternidad y de la paz. Que descubramos que siempre es mejor caminar juntos, más unidos, saliendo siempre unos al encuentro de los otros.

Enséñanos, Santísimo Cristo de la Victoria, que el mal se vence con el bien, para que comprometiéndonos con la realidad que vivimos, podamos ser hombres y mujeres de esperanza, personas de bien.

Amén.

 

+ Mons. Antonio Valí Valdés

Obispo de Tui-Vigo