Mensaje con motivo de la Jornada Mundial de la Vida Consagrada
2 de febrero de 2025
En la Nochebuena pasada, el papa Francisco abría la Puerta Santa de la basílica vaticana y, así, daba comienzo el Jubileo 2025. Nos invitaba a toda la Iglesia a sentirnos «peregrinos de esperanza». Nuestra esperanza procede del amor incansable de Dios, se basa en su infinita compasión y tiene como meta el corazón de Cristo. Nuestra esperanza tiene un nombre: Jesús, el Hijo de Dios, muerto y resucitado. Él es el ungido, el enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; 19a proclamar el año de gracia del Señor (Lc 4,18-19). Podemos tener esperanza; somos llamados a la esperanza.
Este domingo, 2 de febrero, la Iglesia celebra a XXIX Jornada Mundial de la Vida consagrada, enmarcada en el Jubileo 2025 y con este lema: «Peregrinos y sembradores de esperanza». Se nos invita a volver la mirada a las personas, hombres y mujeres, que, consagrando sus vidas, dedican todo su tiempo a Cristo y a los hermanos; a acercarnos a su realidad, testimonio y vocación dentro de la comunidad cristiana y del mundo; a orar con ellos y por ellos; a ahondar en su ser; a valorar sus carismas.
Esta jornada destaca la riqueza de las diversas vocaciones en la Iglesia y la belleza de las personas consagradas que quieren ser una luz pequeña y constante, que vaya sembrando de esperanza a todos. Una luz profética que nos habla de la presencia y amor de Dios que se hace carne en las relaciones humanas de fraternidad; en la capacidad ilusionante de amar con un corazón grande donde todos y todas tengan un hueco; en la disponibilidad de entregar todo lo que tienen y son, sabiendo que todo en la vida es don y regarlo para compartir con los demás; en la entrega de la propia existencia allí donde se les pida iluminando todas las realidades, descubriendo en todas y en cada una, el rostro de Cristo vivo, fuente de toda esperanza.
Los consagrados y consagradas son compañeros en el camino, peregrinos con nosotros y sembradores de esperanza. Son una pequeña llama, a veces endeble, que ilumina toda la realidad, anunciando la manera de vida proclamada por el Nazareno, que nos dice que el sueño de Dios va muchas veces por otros caminos, pero que siempre es posible. Son una luz que abre caminos, y que siembra esperanza.
En esta Iglesia particular de Tui-Vigo, hay muchas luces encarnadas en la vida de consagrados y consagradas que en diversas misiones —la enseñanza, la pastoral parroquial, con mayores, niños y jóvenes, con mujeres en vulnerabilidad, en la defensa de los más pobres, en la promoción social, en el silencio contemplativo— siembran esperanza, hablan —con su testimonio de vida, con sus relaciones de fraternidad y su compromiso con los más desfavorecidos— de que todos y todas somos dignos, porque somos amados por un Dios que es fiel en su entregarse a la humanidad. Cada consagrado y consagrada es una luz de esperanza en la sociedad y en el mundo con su voz profética, con sus relaciones cercanas, con su acompañar en el camino. La luz nunca se puede esconder, a de alumbrar a todos los de la casa para que cuantos entren vean (Lc 12,33).
Gracias a todos los consagrados y consagradas por vuestra presencia en medio de nosotros. Nos hacen mucho bien y nos ayudan a mantener la esperanza. Seguid sembrando entre nosotros, y con nosotros, siendo luz que ayude a caminar hacia el encuentro con el Resucitado, meta de nuestra peregrinación. ¡Sed sembradores de esperanza, siendo luz… siempre!
Con afecto, vuestro hermano y amigo.



