Mensaje con motivo de la Jornada Pro Orantibus
Hace años en un encuentro juvenil preguntaba un chico sobre el sentido de la vida consagrada contemplativa. Él entendía que una vida entregada a los más pobres, acompañando a mayores, en lugares de misión… tenía sentido, pero estar en un monasterio de por vida… no acababa de entenderlo. La persona que llevaba el encuentro le preguntó si podía imaginarse el mundo sin la música… después de un momento de silencio, le dijo que no, era algo imposible. Le contestó la monitora que lo mismo pasaba en la Iglesia: en ella, la música era la vocación contemplativa. Ellos y ellas eran la música de Dios en el seno de la Iglesia.
No es fácil entender, en un mundo como el nuestro, este estilo de vida. En el pasado mes de febrero se celebraba en Madrid el Congreso de Vocaciones, y resonaba en aquel encuentro una pregunta: ¿Para quién son yo? Y se comentaba que cada ser humano es profundamente amado por Dios, en su realidad concreta. Y cuando uno se da cuenta de esta realidad, cuando uno se siente amado tal y como es, siente la necesidad de compartir esta experiencia; de ahí la vocación-misión. Somos llamados a acoger y vivir ese amor, y somos llamados a comunicarlo, esparcirlo, anunciarlo. Cada uno somos vocación que luego se irá concretando en los diversos estilos de vida. Aquí podemos encontrar la clave para entender todas las vocaciones, también la de la vida consagrada contemplativa. Es un estilo de vida en el silencio y contemplación, en la vida fraterna en pobreza porque solo Dios y los hermanos son necesarios, en el amor de un corazón que ama a Dios sintiéndose en comunión con todos los hermanos; en la paz y acogida del monasterio, lugar que quiere encarnar este contemplar.
Decía santa Teresa de Lisieux, monja contemplativa carmelita, que la única manera de entender su vida era como una misión de amor. Y añadía: en el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor. Con estas palabras, ella resumía la vocación de los monjes y monjas contemplativos: ellos son personas que rezan en silencio, en comunidad, que trabajan y viven en fraternidad, por toda la Iglesia; y esto es una manera de amar. Ellos son puente de intercesión por todas las personas, y su oración una fuerza que sostiene el mundo (Benedicto XVI, Homilía en Monte Cassino, mayo 2009). Son levadura para toda la Iglesia. Una llamada a vivir el corazón del Evangelio, que es el amor, y difundirlo con la oración y el testimonio (papa Francisco). Es un estilo de vida que expresa el primado absoluto de Dios en nuestra existencia, y que nos hace entrar en el misterio de su amor, en comunión con toda la Iglesia (Francisco, Discurso a los participantes en el Congreso Internacional sobre Vida monástica, 4.5.2018).
Como la música, no se ve, pero sí se percibe y le da otro tono a nuestro vivir cotidiano. En las prisas diarias, en las ocupaciones frenéticas de cada día, en los trabajos pastorales de las comunidades y de la diócesis, en la vida de cada persona en medio de la sociedad, ellos y ellas son la música de Dios, la luz que alumbra, que nos recuerda que es lo nuclear de nuestra existencia: la presencia silenciosa y elocuente, activa y transformadora de Dios en medio de nosotros.
Es cierto, igual que no concebimos el mundo sin la música, que tanto nos dice y puede expresar, tampoco podemos pensar en la Iglesia sin esta vocación. Los monjes y monjas contemplativos son una misión de amor en medio del mundo y de la Iglesia; como decía san Juan de la Cruz: «no tengo otro oficio, pues sólo en amar es mi ejercicio».
Celebrando la Jornada Pro Orantibus que nos propone cómo lema «Orar con fe, vivir con esperanza», agradecemos la música que las comunidades contemplativas de nuestra diócesis están haciendo sonar, cada una con su estilo y peculiaridad: la melodía franciscana de las monjas Clarisas en Tui; la de las dominicas en Baiona y la de las carmelitas descalzas en O Rosal y en Sabarís; la de las benedictinas en Trasmañó y también, la de las salesas en el barrio de Teis , en Vigo. Todas ellas, desde el silencio y la vida oculta en Dios y en fraternidad, hacen resonar la música de Dios en la comunidad diocesana, y son remanso de paz y esperanza para cuantos nos acercamos a sus monasterios, porque todas encarnan esa vocación-misión de amor en el seno de la Iglesia.
Nos sentimos bien unidos a estas comunidades, rezamos por esta vocación que enriquece a nuestra Iglesia particular, y nos encomendamos a su plegaria. Que nunca dejen de sonar y que su música nos acompañe en una hermosa sinfonía en cada misión-vocación de la Iglesia, orando con fe y viviendo con esperanza.
Vuestro amigo y hermano,



