20 de abril de 2026,
Santa Inés de Montepulciano

Homilía Misa Crismal: Mons. Antonio Valín Valdés

Homilía Misa Crismal: Mons. Antonio Valín Valdés
El obispo presidiendo la Misa Crismal junto a su presbiterio.

Querido hermano, Luis,

            Queridos hermanos sacerdotes/diáconos/seminaristas,

            Queridos miembros de la vida consagrada, hermanas y hermanos.

            “El Espíritu del Señor está sobre mí porque el Señor me ungió. Me manda anunciar la buena noticia a los pobres, curar, proclamar la libertad, consolar a los entristecidos, dar perfume de alegría, vestido de fiesta…” Son palabras de una gran belleza y que animan el corazón.

Hoy son proclamadas para todos nosotros que como comunidad diocesana nos reunimos en torno al altar en esta catedral que hace 800 años fue consagrada. Las piedras de esta casa fueron ungidas para ser la casa de todos, y nosotros, piedras vivas, renovamos hoy esa unción. Aquí escuchamos la voz de Dios que susurra en su Palabra; aquí compartimos su mesa comiendo el pan de vida y bebiendo el vino de la alegría; aquí nos sentimos familia, aquí se visibiliza la Iglesia en sus vocaciones: laicos, consagrados, presbíteros, obispos… Esta es la Iglesia de Dios, la Iglesia que camina en Tui-Vigo, una familia viva que respira el aroma de Cristo y que quiere comprometerse a ser buen olor de su Señor en todas y cada una de las realidades de esta tierra, desde el mar a la montaña, desde las aldeas y villas a la ciudad…

Todos nosotros, somos ungidos por el Espíritu, somos ungidos con los óleos santos que nos transmiten la fuerza y protección de Dios, que nos configuran con el Dios amor y que son alivio y consuelo, sanación en todo momento. Somos ungidos en el nombre del Señor para sentir la ternura de Dios y hacerla sentir a todos; ungidos para continuar la misión de Cristo, para construir puentes, sembrando concordia y anunciando esperanza; ungidos para hacer unidad y vivir en la comunión que soluciona conflictos y rompe con los roces de cada día. Ungidos para ser hombres y mujeres nuevos, que caminan, sienten y viven juntos, y que le gritan al mundo, con gestos y palabras, que NO está todo perdido; que Dios no se fue sino que está, y que sigue actuando en la historia, tantas veces compleja y difícil, y en la historia personal de cada humano, haciendo una historia de salvación única.

            En este día, no solo bendecimos los óleos que vamos a llevar a nuestras comunidades para celebrar la salvación de Dios y ser hombres y mujeres con buen olor de Dios; hoy también, renovamos los sacerdotes las promesas hechas en nuestra ordenación presbiteral. Sí, queremos renovar nuestro sí, nuestra entrega, sabiendo qué esto NO es un rito más, una costumbre o un privilegio. Renovar es un retorno real y efectivo, que toca cada dimensión de nuestro ministerio, a la “frescura del amor primero” como nos decía tantas veces el recordado papa Francisco. Ese volver a sentirnos inmerecidamente amados y llamados, ese sabernos en las manos de Aquel qué conoce nuestras debilidades, las valora y las acoge, que nos sitúa ante el que somos, nuestro ser discípulos y nuestra vocación misionera.

            Hoy, como presbíteros, decimos ante vosotros, santo pueblo de Dios, que queremos vivir el evangelio tras las pisadas del Galileo, hombre y Dios, configurando nuestra voluntad, deseos, capacidades… de nuestra existencia con Él.

Para eso no basta con decir que sí solo; ese sí tiene que ir acompañado de varias actitudes que juntos, como presbiterio, asumimos y queremos vivir, y que me gustaría compartir con vosotros. Son actitudes que también valen para cualquier discípulo porque forman parte del sacerdocio de nuestro bautismo:

1)        Humildad:

La realidad actual nos obliga a ser más humildes: la realidad de los presbíteros (menos en número y crecidos en años y dificultades), la realidad de la indiferencia social del religioso (ya no somos los de antes, ni tenemos el peso social de otras épocas… todo eso aleja a muchos de nuestras comunidades), la realidad de los escándalos de todo tipo en las personas de la Iglesia ( todo tipo de abusos, el clericalismo, el hacer carrera, el pensar el ministerio cómo una “casta social” más que la de un servicio…)

Sí, la humildad es necesaria para reconocer que nuestra fuerza viene del alto, y no de nuestras capacidades.

2)        Coraje:

Ante la respuesta a Dios. Somos hombres frágiles, muy vulnerables, necesitados de los demás. No somos francotiradores que hacen las cosas solas ni mesías que salvan desde los propios criterios e iniciativas. Somos frágiles a nivel personal y ministerial. No podemos caer en el negacionismo que no cree en esta realidad, en el aislamiento que nos hace ser/estar solo, en nuestras cosas, defendiéndonos o criticando a otros; tampoco podemos dejarnos llevar por la desesperanza, la melancolía de otros tiempos o la añoranza de otros presbiterios, compañeros, parroquias, Upa… Somos frágiles y al renovar nuestro compromiso sabemos qué podemos pedir ayuda  cuando sea preciso (y no pasa nada), y que como hermanos en la vida y misión, estamos ahí para darla. Esa es nuestra responsabilidad.

3)        Gratitud:

Porque Dios nos ama y cuenta con nosotros. Siempre me asombra pensar en esto: Él, sabiendo cómo somos, cuenta con nosotros y utiliza nuestra debilidad para que otras personas puedan acoger su amor y consuelo.

4)        Alegría:

El papa Francisco acostumbraba a decir que un cura triste es un “museo de amargura”. La Unción es alegría porque es certeza de que Dios nos elige; es cercanía radical de un Dios que sigue amando a su pueblo a través de nosotros; es descanso en la misión e ilusión que hace que el óleo en nosotros no se convierta en algo rancio, repartiéndose y dejando que llegue a toda periferia y situación,  hasta la orla del manto, sembrando a su paso ese aroma novedoso que dejaron las palabras de Jesús en el mundo: aroma de mar entre los pobres que lo escuchan; aroma de tierra que libera y hace felices a los que sufren; aroma de vidas cansadas, lavadas y besadas en el sencillo; aroma de pan hecho en la casa y mesa compartida que alimenta a la familia y comunidad.

5)        Comunión:

Con los hermanos sacerdotes y con todo el pueblo de Dios. Somos miembros de un presbiterio, del pueblo de Dios, y todos caminamos unidos en discernimiento, todos nos necesitamos, y entre todos llevaremos ese buen olor de Cristo.

Renovamos nuestro compromiso. ¡Gracias, una vez más! Por vuestra entrega, entusiasmo, cansancio, fidelidad… Gracias por vuestra constancia, generosidad y firmeza de vivir vuestro seguimiento de este modo. Recuerdo, aquí, a nuestros sacerdotes enfermos o mayores, aquellos que están pasando alguna dificultad, los que están en otras latitudes en misión, y a los que ya están en casa del Padre. A todos, gracias.

            Y a vosotros, pueblo santo de Dios, no dejéis de acompañar con vuestro cariño y oración a estos queridos sacerdotes, vuestros curas, que van a renovar sus promesas con humildad, coraje, gratitud, alegría y comunión.

Hace 20 años se celebraba un Sínodo en esta Iglesia particular. Allí, nuestro pastor, nos animaba a escuchar la llamada evangélica que recuerda a no quedarnos en la orilla de la rutina y la cobardía: ¡Iglesia de Tui-Vigo, rema mar adentro!  Juntos, siendo buen olor de Cristo en medio del mundo. Que san Telmo y nuestra Madre, la Virgen de A Franqueira nos ayuden. Amén.

Misa Crismal 2026 | © Noelia Reyes
Misa Crismal 2026 | © Noelia Reyes
« de 66 »