Familias de diferentes parroquias y movimientos eclesiales de la diócesis participaron en la celebración diocesana del Jubileo de las Familias y Personas Mayores, que tuvo lugar en Tui, el pasado 1 de junio. El obispo tudense, monseñor Antonio Valín, presidió la eucaristía en la catedral de Santa María. Previamente, las familias realizaron una peregrinación desde el Seminario Menor hasta el templo catedralicio que, desde el pasado mes de diciembre, es uno de los cuatro templos jubilares de la diócesis de Tui-Vigo.
A las 17:00 horas, dio comienzo esta jornada de encuentro. Durante la peregrinación hasta la catedral, se realizaron cuatro paradas para reflexionar sobre la fe, la esperanza, la caridad y la misericordia: la fe, que, representada en unas gafas, alumbra el camino de todo cristiano; la esperanza que, como un ancla, se convierte en guía a lo largo del camino; la caridad, que ha de vivirse desde el amor en familia, representada en un corazón; y la misericordia, que llega a través del sacramento de la Reconciliación, al que las familias pudieron acercarse ya en el templo. Estos símbolos —gafas, ancla y corazón— fueron entregados durante el ofertorio de la eucaristía, una petición de las familias para continuar creciendo en las virtudes teologales que promueve la Iglesia.
En el marco de la celebración de la fiesta litúrgica de la Ascensión, durante su homilía, el prelado tudense, monseñor Antonio Valín, recordó que Jesús no murió, sino que resucitó, prometiendo así el mismo destino para todos los cristianos. Esta verdad, expresó el obispo, debe llevarnos a testimoniar y contagiar con alegría el mensaje del Evangelio, que se encarna en cada familia de la diócesis.
La elección de la fecha no fue casual, ya que, entre el 30 de mayo y el 1 de junio, también se celebró el Jubileo de las Familias y Personas Mayores en Roma, que contó con la presencia del papa León XIV. De esta forma, la Iglesia diocesana de Tui-Vigo se unió en comunión a toda la Iglesia universal para interceder por todas las familias, matrimonios y personas mayores del mundo entero.
El Jubileo ha sido siempre un acontecimiento de gran importancia espiritual, eclesial y social en la vida de la Iglesia. Desde que Bonifacio VIII instituyó el primer Año Santo en 1300 —con cadencia de cien años, que después pasó a ser según el modelo bíblico, de cincuenta años y ulteriormente fijado en veinticinco—, el pueblo fiel de Dios ha vivido esta celebración como un don especial de gracia, caracterizado por el perdón de los pecados y, en particular, por la indulgencia, expresión plena de la misericordia de Dios. Los fieles, generalmente al final de una larga peregrinación, acceden al tesoro espiritual de la Iglesia atravesando la Puerta Santa y venerando las reliquias de los apóstoles Pedro y Pablo conservadas en las basílicas romanas. Millones y millones de peregrinos han acudido a estos lugares santos a lo largo de los siglos, dando testimonio vivo de su fe perdurable.