30/11/2022

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San Andrés
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A Diocese de Tui-Vigo atendeu a máis de 46.000 persoas a través de 74 centros para mitigar a pobreza

A Diocese de Tui-Vigo atendeu a máis de 46.000 persoas a través de 74 centros para mitigar a pobreza

Segundo as estatísticas do ano 2019 enviadas á Secretaría de Estado e á Santa Sé, a Diocese de Tui atendeu, no último ano,  a 46.150 persoas a través dos 74 centros creados para mitigar a pobreza. Para poder atender a ese número de persoas a Igrexa para investido máis de 2 millóns de euros.

A acción  caritativa e asistencia da Igrexa de Tui-Vigo consiste na promoción da solidariedade e a xustiza social, axudando ás persoas con dificultades a través do servizo de moitas comunidades relixiosas, de Cáritas e doutras asociacións intimamente relacionadas coa Igrexa. Esta atención é proporcionada por centos de voluntarios que colaboran nos organismos creados para o coidado dos máis desfavorecidos ou en risco de exclusión social.

O comedor social Misión do Silencio ofrece este servizo na cidade de Vigo. Ao longo do ano, atenden aproximadamente a máis de 7 mil persoas diferentes, grazas a persoas como Esther  Muruáis, que durante máis dunha década dedicou o seu tempo para colaborar coas relixiosas Misioneiras do Silencio. Hoxe, é ela quen nos conta a súa experiencia desde este labor da Iglesia, porque «somos o que ti nos axudas a ser». Somos unha gran familia contigo.

Para continuar realizando estas actividades, a Igrexa de Tui-Vigo necesita da túa colaboración, especialmente económica. Podes facelo a través do portal web creado pola Conferencia Episcopal Española: www.donoamiiglesia.es.

«Casi siempre en sus ojos, percibo una inmerecida gratitud»

A principios del año 2008, una serie de circunstancias hicieron que me plantease la jubilación anticipada. Llegó agosto y pensé: “¿qué hacer con mi tiempo a partir de ahora?

Conocía la labor de la Misión del Silencio. El horario del voluntariado en el comedor me resultaba compatible con mi vida personal. Tuve todo el apoyo de mi marido (nuestros hijos y nietos viven fuera).

Me acerqué allí y aceptaron mi ofrecimiento. Fui recibida con mucho cariño y a los pocos días, el padre Carlos, la hermana Guadalupe y el resto de voluntarios hicieron que sintiese la pertenencia a una nueva familia.

En aquel entonces, no se pedía ninguna “acreditación” a quien llegaba a comer. ¡Cuántas veces se “sobrepasaba el aforo”! Y en ese caso, el padre y la hermana se aprestaban a preparar viandas para que pudieran llevarlas aquellas personas que materialmente no “cabían”.

Cuando falleció el padre Carlos, la hermana cogió el testigo, a pesar de las dificultades, con la firmeza y la serenidad de alguien que confía plenamente en el Señor. Y sin ningún alarde, nos transmitió a todos la convicción de que la comunidad era posible.

¡Qué feliz he sido allí, has que el COVID y la edad me obligaron a suprimir abruptamente el voluntariado tan gratamente compartido!

Es un tópico decir que he recibido mucho. No importa, aún con las mascarillas, nos reconocemos por la calle, hombres y mujeres que allí comían. Casi siempre en sus ojos, percibo una inmerecida gratitud. ¿Es Dios que me premió con esa experiencia de 12 años?

Quisiera dar gracias al Señor, por haber tenido esta vivencia que fortalece la fe en el encuentro con los demás.

Esther Muruáis. Voluntaria en el comedor social Misión del Silencio.

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