Bienqueridos hermanos sacerdotes, un saludo cariñoso a todos y a cada uno. Permitidme que este saludo sea hoy especial para los que celebran sus bodas sacerdotales.
Bienqueridos profesores y alumnos del Seminario Menor
Bienqueridas hermanas y hermanos.
Un año más nos reunimos para celebrar el don del ministerio sacerdotal, la fidelidad de cada uno a la llamada-misión encomendada por el Señor, la renovación de la consagración de nuestro Seminario al Corazón de Jesús… son muchos los motivos para festejar, encontrarnos y compartir como hermanos.
En las lecturas que acabamos de escuchar vemos un hilo conductor: el amor de un Dios extremadamente generoso, excesivo y desbordante. El libro del Deuteronomio preséntanos a elección-predilección de Dios por el pueblo de Israel, que le lleva a consagrarlo como pueblo de su bondad porque lo ama con un amor libre y gratuito. La primera carta de Juan nos dice algo bien hermoso sobre nuestro Dios: Él es amor; y ese amor le mueve a enviarnos a su Hijo Jesucristo que con palabras y gestos fue haciendo visible ese amor, derramando ese amor y contagiando ese amor; también le lleva a la donación del Espíritu Santo que transforma y anima a cada persona. Por último, el evangelista Mateo nos pone delante cómo Jesús bendice y elogia al Padre porque revela los misterios del Reino a los pequeños, porque es un Dios libre para amar y elegir, porque nos llama a la intimidad -a permanecer- en Él, en definitiva porque es un Dios que ama y es amable, alguien a quien podemos amar.
La imagen del corazón de Jesucristo recoge icónicamente este amor de Dios. Esta imagen simboliza el centro personal de Jesucristo, desde el que brota su amor por la humanidad: es una imagen que visibiliza el misterio del corazón de Dios que se conmueve con entrañas de misericordia y que derrama su amor sobre cada mujer y cada hombre del mundo, de todos los tiempos; también sobre nosotros.
Este amor que mana del Corazón divino-humano de Jesús es el que nos transforma personalmente, el que nos hace sentirnos amados-llamados y el que nos habla de corazón a corazón -como decía el Santo Cardenal Newman-, y el que nos abre la posibilidad de ser semejantes a Él, prolongando su amor en muchos gestos concretos, que nos hablan de amar desde el suelo, desde lo pequeño y frágil, siendo pequeños para lavarle los pies a todos.
Nos decía el papa Francisco en la encíclica Dilexit nos nº 171: “contemplar el amor de Jesucristo nos ayuda a prestar más atención al sufrimiento y a las carencias de los demás, nos hace fuertes para participar en su obra de liberación, como instrumentos para la difusión de su amor”. En esta misión de difundir el amor de Dios se enmarca nuestro ministerio. Como le gustaba decir al Santo Cura de Ars, nuestro «sacerdocio es el amor del corazón de Jesucristo”, y nuestra vocación no se entiende si no es desde esta perspectiva oblativa de amar a todos y amar hasta el extremo. ¡Somos manifestación del amor del corazón de Jesucristo!, aunque esta manifestación vaya mezclada con nuestra mediocridad y pequeñez, pero siempre con la grandeza de que el Buen Dios le revela sus cosas a la gente humilde, y lleva adelante siempre su obra de salvación.
¡En esta mañana quiero daros las gracias a todos los sacerdotes por ser el amor del corazón de Jesucristo en medio del mundo!
Gracias Antonio, Fran y Edgardo por vuestros 25 años; gracias Julio y Alfredo por vuestros 60; gracias -como no- a Moisés y Jesús por eses 75 años… todos habláis de Reino, de servicio, de siembra agotadora pero constante y entregada; de esperanza que se hace carne en el día a día y de fidelidad a Dios y al ser humano. Vosotros, todos, sois un regalo y una bendición en esta Iglesia diocesana.
Le pido al buen Dios que siga derramando sobre cada uno su amor, que todos lo descubramos cada día y ahondemos en el, que ese amor nos una como familia del presbiterio con un mismo sentir, con un solo corazón y con una sola alma, y que nos lleve a amar en lo concreto a todos los hombres y mujeres, nuestros hermanos.
Decía Vicente de Paúl que el amor es creativo hasta el infinito. Que seamos capaces -siempre- de amar así con el amor que viene de Dios. Amén.