Sabía que mi hermano iba a ir al Jubileo, pero no estaba muy seguro de qué era ni de qué trataba. Entre él y mi madre me convencieron para participar. El viaje que se anunciaba sonaba apetecible, pero no fue eso lo que me llevó a subirme a un autobús con gente a la que no conocía. La causa principal por la que decidí apuntarme fue esa curiosidad por ver a otras personas de mi edad compartiendo mí misma fe.
Aunque mi familia es totalmente católica, en mi círculo social siempre había sido el único religioso entre mis amigos, el único de clase que iba los domingos a misa y al que siempre tachaban de fanático por rezarle a Dios. Además, poco antes del viaje había vivido un momento crítico en mi fe y en mi relación con Dios. Por mucho que intentaba luchar, recaía una y otra vez en el mismo pecado. Me sentía vacío, y aunque sabía que Dios estaba conmigo, ya no lo sentía. Fue entonces cuando me puse a investigar qué era el Jubileo: un año de gracia especial en el que se busca la reconciliación, la conversión y la renovación espiritual, a través del perdón de los pecados y la indulgencia plenaria.
Cuando comenzó por fin el viaje, me parecía más un aburrimiento que lo que de verdad estaba buscando. Y, aunque siempre he sido católico, me daba pereza la idea de tener una misa diaria. Sin embargo, con cada misa me quedaban más ganas de la siguiente, más ganas de vivir otra vez la Eucaristía, y más ganas de adorar al Santísimo, de quien me había ido alejando.
El momento cumbre del viaje llegó antes de lo que esperaba: antes de Roma, antes de Tor Vergata y antes de León XIV. Fue en Bolsena, el lugar donde, hace siglos, ocurrió un milagro eucarístico: un sacerdote que dudaba de la conversión del pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo vio cómo la hostia, en el momento de la consagración, comenzó a sangrar. Allí aún conservan un fragmento con las manchas de sangre de nuestro Señor, que no solo pudimos ver, sino ante el cual pudimos celebrar una adoración. Eso fue hermoso. Ver su sangre, la misma que derramó en la cruz por todos nosotros, cambió automáticamente mi forma de ver el viaje. A partir de ese momento, todo fue a mejor.
Roma supuso sacrificios: horas de caminatas bajo el sol, noches sin dormir como me gustaría y picaduras de insectos, pero con Dios en mi corazón. Él fue mi consuelo en la entrega y mi fortaleza en el agotamiento. Gozar, por fin, de un círculo que me impulsara hacia Dios —en vez de alejarme de Él— fue otro de los puntos fundamentales, especialmente gracias a don Suso y don Samuel, que fueron guías en una senda a veces oscura, a veces luminosa.
Finalmente, tanto el encuentro de los españoles en la plaza de San Pedro como el encuentro con el Papa en Tor Vergata me hicieron ver de forma definitiva que no estaba solo, y que éramos muchísimos los jóvenes del mundo que caminamos en la senda del Señor. Conocí chicos de Polonia, Italia, Francia, Portugal… incluso vi a gente de países más alejados de la órbita católica, como Turquía o Corea.
En definitiva, volví con más peso en la mochila y menos en el alma. O, al menos, con el alma más descargada, más tranquila, más sanada… y no solo por el agua de Lourdes. Volví satisfecho por ver que no estaba solo y realizado por reencontrarme con Dios en la Eucaristía y en la adoración.
Iago Costas, parroquia de la Inmaculada Concepción de Vigo

