La campana del reloj de la Colegiata anuncia las siete y media de la tarde. Es el primer domingo de agosto. Las gentes de Vigo aguardan expectantes, bajo el sol inclemente del atardecer que parece resistirse a declinar para seguir en su acompañamiento.
Y de repente un repique de las campanas llevando su sonido a toda la ciudad y a toda la ría.
Y resuenan los tambores de los Ejércitos de la Paz. Y la imagen se asoma al umbral de la Basílica de Santa María. Y allí, en la Plaza de la Iglesia, lo aguardan las gentes como años antes lo hicieran sus padres, como antes sus abuelos y tantas generaciones que se perdían en la memoria.
Acudieron a Él en tiempos convulsos para implorarle protección. En las guerras más cruentas, para pedirle la victoria. Y la victoria contra los ejércitos invasores llegó. Y así fue el Cristo de la Victoria.
Y en los tiempos de crisis, sus gentes le pedían empleo y trabajo para todos. Y así es el Cristo de las gentes.
Y en las pandemias y en las enfermedades para rogarle curación y salud. Porque también es el Cristo de la Sanación.
Llegó a Vigo tras aquel gran temporal, a bordo del barco cargado de sal que lo rescató del mar. Por eso es el Cristo de la Sal.
Y en la plaza de la Iglesia, las gentes se entremezclan en una multitud, con los soldados, con el obispo Antonio, con el obispo emérito Luis y con el Deán de la catedral. Y el carro, dirigido por Borrás, lo conduce por las calles. Y, en medio de aquel maravilloso caos, la procesión avanza. Y los tambores marcan el paso.
Y allí, muy cerca de la imprenta de Juan Compañel resuena el eco de los versos de Rosalía, que en su eterna memoria, le hablaba de las buenas gentes de Galicia. Y en ese acrisolamiento donde el mito se funde con la historia, el Cristo ocupa su iglesia.
Cuando la ciudad se liberó de la opresión del ejército de Napoleón, las gentes de Vigo acudieron a Él en agradecimiento.
Y cada 28 de marzo lo procesionaban. Y ahora, cada 28 de marzo, en la Reconquista, conmemoramos aquella gesta con alegría infinita en una gran celebración en la que se reúnen y charlan miles y miles de viguesas y vigueses. Y así es el Cristo de la Victoria, si, el de la Buena Victoria.
Y ciertamente debió de haberse mostrado complacido cuando los modernos ejércitos de la paz celebraron en la ciudad, en su ciudad, en Vigo, el Día de las Fuerzas Armadas. Si, su ciudad, Vigo, acogía por primera vez este gran acontecimiento. Y aquel homenaje fue un nuevo triunfo de su ciudad, un logro colectivo. Y navegaron nuestra ría las majestuosas fragatas equipadas con avanzadas tecnologías, que recibieron el reconocimiento de Vigo. Y los modernos combatientes de las causas justas hicieron de Vigo su ciudad. Y en Samil lo presenciamos y toda España nos siguió.
Y las gentes de Vigo recibieron también con cariño la celebración del Día de la Policía Nacional. Otras muchas ciudades también lo anhelaban y Vigo lo consiguió. Y ciertamente el Cristo, que es también el Cristo de la Seguridad, se mostró complacido aquel día.
Baja ya la comitiva por la calle Real al redoble de los tambores y el Cristo, que es trasladado con meticuloso compás, rememora que aquellas cuestas de la ciudad conducían hasta la cúspide de la montaña, hasta el Castro, y eran la protección contra los asaltos de los corsarios que asolaban la ciudad. Ahora, tal esfuerzo en la subida ya no es necesario y las gentes de Vigo se mueven con naturalidad en las rampas, ascensores y escaleras mecánicas. Es la modernidad. Porque Él es también el Cristo de la Modernidad.
Al llegar a la Praza do Berbés desea que sople la brisa marina que alivia el calor y allí el cortejo se expande y rodea la plaza, que antaño era la playa de arena de las gamelas que iban a la sardina desde aquel barrio marinero.
Ahora es lugar de encuentro de las gentes, donde los niños juegan en su parque y donde aún se escuchan los ecos de las panderetas de la última fiesta de San Xoán.
Desde allí contempla los astilleros, imponentes y grandiosos que compiten en todo el mundo y evoca la carpintería de ribera, oficio, el de carpintero, que Él tan bien conoce. Y aunque añora aquellas embarcaciones de madera del lago Tiberíades, construidas con hábiles manos, admira sin embargo los formidables buques de hierro que hoy se levantan en las gradas.
La ciudad, su ciudad, alberga una inmensa industria y tecnología inimaginable. Y se convirtió en un poderoso motor que activó la automoción, y con ella, un entramado de empresas, tecnología, trabajo y mejor vida para tantos.
Y allí la pesca, con los pescadores del Berbés de antaño, que ahora surcan todos los mares del mundo proporcionando alimentos a millones de personas en todo el planeta. Y le agrada porque Él también fue pescador y le dijo a Pedro que lanzase sus redes en todos los mares y en todas las tierras del mundo. Y recordándolo, sonrió. Sí, y quizás aquel Cristo viniera a Vigo porque quería permanecer en la ciudad marinera y pescadora.
Y Él, que siempre estuvo al lado de las familias, les diría a los patronos que los trabajadores tienen derecho a salarios justos y que se alejen de los que no quieren reconocerlo. Que las gentes trabajan para vivir y que, por tanto, los sueldos tienen que ser suficientes, como en la Europa desarrollada.
Pese a que el viento de la ría, como Él deseaba, suavizaba el calor, el desfile continuaba bajo un imponente sol. El calor aumenta año tras año.
Antiguamente la procesión dejó de celebrarse en marzo por tratarse de época de lluvias. Se trasladó a junio pero también la lluvia hacía acto de presencia. Ahora son tiempos de cambio climático que en verano asola los montes de toda Europa en forma de terribles fuegos imparables. Y con tanto sol, el sabio y buen obispo Antonio, que procede de las tierras del Norte, podría desear alguna sombra, y encabeza el acompañamiento centrado en sus cábalas sobre la Diócesis.
Y el Cristo sabe que hay que diseñar las ciudades, con refugios climáticos y cuidar de los montes. Y atenderlos.
Vigo es sobre todo ciudad que atiende a las personas, un lugar de acogida de las gentes que aquí trabajan y hacen su vida. Mientras, al otro lado del mar hay quien expulsa cruelmente a las personas que proceden de fuera.
Y en la Estación Marítima, el Cristo de la Emigración rememoró que también desde Vigo zarpaban aquellas gentes humildes que se iban al otro lado del mar en busca de oportunidades.
Él, desde tantas procesiones, los veía embarcarse en los paquebotes rumbo a las Américas. Y deseaba que fuesen bien tratados, con respeto y atención.
Y también todas aquellas gentes de Galicia que dejaban a sus familias y que se subían a aquellos interminables trenes para irse a trabajar a tantos países de Europa. Y muchos, muchos, trataban por todos los medios de estar de vuelta en Vigo en el primer domingo de agosto.
La comitiva recorre la calle del Príncipe con devoción contenida a la luz de los cirios se funde con la profundidad del atardecer.
Un atardecer que parece tornarse celeste porque la presidenta del Celta, Marián Mouriño, es la pregonera. Una gran presidenta para un club excepcional. Primera presidenta en la historia del Celta y la única mujer que actualmente preside un club en la Liga. Asumió con determinación ponerse al frente del Celta y lo está colocando en el gran momento de su historia. Marián, nuestra admiración, nuestro reconocimiento y nuestro respeto.
Flanquean el avance de la comitiva por Príncipe los establecimientos comerciales cerrados, que por la mañana abrirán de nuevo con el despertar del lunes de agosto.
Y Él, que tanto sabía del buen trabajo de los mercaderes que acudían a vender sus productos a las plazas y a los zocos, piensa en la importancia de su trabajo. Porque los comercios pequeños y medianos que hacen economía, viven sobre todo la proximidad y la cercanía con las personas. Una actividad indispensable que se gana a pulso todo el apoyo.
Ya caía la noche cuando atento vio que habían alcanzado la nueva gran plaza de la ciudad, la Puerta del Sol. El colorido de las flores de la ofrenda y de las vestimentas tradicionales que confundían al tiempo y los cánticos en su honor, remarcaban la solemnidad de su presencia.
Observó las plazas vecinas de la Princesa y de la Constitución, donde se celebraba el mercado cuando él había llegado en el barco de la sal.
Ahora en la nueva plaza sonaban las músicas, se celebraban las fiestas, se unían las danzas tradicionales y las actuales y, en el invierno, lucía la Navidad. Aquel gran árbol de luces para celebrar su nacimiento.
En la época estival quizás fuera preciso plantar árboles o una cubierta de tela para aminorar el sol del mediodía. Y aquella plaza era de toda la ciudad. La plaza de la Navidad, la plaza de la Reconquista, de las bandas de música, la del folclore, la de los conciertos que reclaman el AVE, la administración de Justicia o ls defensa de la Sanidad pública. La plaza de la procesión del Cristo, ahora arrebatada al asfalto.
Y volvió de su distracción para atender a la alocución del obispo para después ser guiado de nuevo por Borrás y por Marora, magnífica responsable de todo lo que está sucediendo, en la procesión, ya desordenada en su momento final, llega a la Basílica de Santa María, a su catedral. El obispo y el olivo fueron testigo mudo de su solemne entrada.
Ahora ya descansa en su interior después de comprobar que su urbe está más viva que nunca, y de como sus gentes de todas las edades se sienten orgullosas de su ciudad. Orgullo de ser de Vigo.
Como también sabe, porque Él lo sabe todo, el orgullo que siente el pueblo de Vigo por el Cristo de la solidaridad, del progreso y de la paz.
Pero si lo dejaran elegir, quizás desease, colmado de orgullo, ser llamado el Cristo de Vigo.