6/10/2022

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San Bruno
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«Tú y yo aquí, en nuestro trabajo, somos misioneros pero con el corazón puesto en otros lugares, porque allí también está la Iglesia»

«Tú y yo aquí, en nuestro trabajo, somos misioneros pero con el corazón puesto en otros lugares, porque allí también está la Iglesia»

Cuando le preguntan a Google quién es Gonzalo Otero, la respuesta es: doblador. Al escucharlo, el delegado de Misiones de Tui-Vigo estalla en carcajadas antes de declarar que, ya como seminarista, le gustaba imitar voces. « Yo creo que la alegría es una condición indispensable para todos los cristianos, para un joven, laico o sacerdote; y la alegría no es decir tonterías, la alegría es un rostro un modo de ser, marcado yo creo que por la ilusión e incluso por la esperanza», declara.

Conversar con Gonzalo es abrir una puerta a la alegría y a una invitación muy clara para él: «la alegría, la esperanza, la ilusión tienen que ser un motor diario y eso no significa que no haya momentos difíciles, de dudas, de fracasos, de frustraciones; también en la vida pastoral de las parroquias».

¿Cómo fue que el obispo te nombrara delegado de Misiones?

Reconozco que me causó mucha sorpresa porque tengo que reconocer, y esto no es nada malo, que yo nunca he ido a misiones; nunca le he pedido personalmente hacer ningún tipo de experiencia misionera. Incluso, desconocía un poco todo este tema de las misiones y de Obras Misionales Pontificias. Sabía un poquito sobre el Domund porque colaboras con las parroquias y conoces a los misioneros que viene cada año.

Durante los primeros años en el Seminario, participé en alguna convivencia en Madrid, que organizaba el IEM (Instituto Español de Misiones Extranjeras), que es el cauce que tienen los sacerdotes diocesanos para ir a misión. Por eso, cuando el obispo me propuso esto ante la jubilación de la anterior delegada diocesana, me generó un poco de impacto, un poco de sorpresa. Pero yo acepté al momento, aunque él me dijo que lo pensara.

 

No llevas mucho tiempo en el cargo pero, ¿qué cambios estás notando entre el año pasado y este marcado por el coronavirus?

El mayor cambio ha sido el planteamiento de las campañas. Llevábamos ya unos años con un exceso de papel que todos sabemos dónde acaba; y podemos dar gracias si es un contenedor de reciclaje. Ya hace unos años en las reuniones de OMP se planteaba este tema y se recomendaba meterse más en RRSS, en blogs, en webs.

Todos los materiales en papel se han visto reducidos porque la Conferencia Episcopal recomienda, en su protocolo, que no haya papeles en las puertas de las iglesias. Y parece que nos llevamos las manos a la cabeza “y si no hay sobres, ¿cómo vamos a celebrar el Domund?”, pues con el mismo espíritu. Yo creo que era necesario ese paso. A las personas mayores les cuestas pero los coles, por ejemplo, nos llevaban la delantera en ese tema; a ellos no les ha constado tirar de la web de OMP para la campaña de este año, porque allí pueden encontrar testimonios y materiales para trabajar y sensibilizar acerca del Domund.

Pero este año no es diferente. El objetivo de esta jornada es abrirnos los ojos, la mente y el corazón a lo que está pasando fuera de nuestro entorno; a una labor de la Iglesia, de congregaciones, de asociaciones de cooperantes, de sacerdotes, de religiosos, de laicos… de gente voluntaria que ha reconocido que hay un sufrimiento muy grande en este mundo y lo han dejado todo para irse a otros lugares más empobrecidos. Allí desarrollan una gran labor. El Domund es como un pequeño tirón de orejas para decir “oye, que si aquí lo estamos pasando mal, en otras partes del mundo todavía peor”. Esta siempre ha sido la clave del Domund, pero hoy todavía más. Esta jornada nos llama a tener presente los territorios de misión.

A veces, cuando nos azota una crisis, pensamos “para qué vamos a dar para las misiones o las familias de otros lugares, cuando ya tenemos la pobreza a nuestro lado; hay que ayudar primero a los de aquí”. Eso no es profundamente cristiano, porque el cristiano es misionero siempre, con los de aquí y con los de fuera. Sobre todo, ahora que tenemos un problema con las migraciones. En este sentido, creo que el Domund siempre quiso ser un puente hacia otros lugares. No puede perder su esencia de que la Iglesia es misionera, es universal, que aunque aquí haya una dificultad, o una crisis, no podemos dejar de lado el resto.

He visto que la OMP ha lanzado la 1º carrera solidaria virtual y, a través de la web del Domund, se ha habilitado una pasarela de pago. Parece que este año no hay excusa para no colaborar económicamente aunque no haya sobres.

Hoy que todos compramos cosas por internet y hacemos transferencias, como tú dices, no hay excusas para donar. Yo creo que como Iglesia, y como sociedad, nos tiene que doler la situación de la pobreza en todos sus sentidos. Nos tiene que doler la pobreza que hay en otros lugares; si no, nos hacemos como muy cerrados.

La gente utiliza mucho la expresión “la misión ya está aquí”; eso es como un puñal para el Delegado de Misiones. Yo creo que eso nos transforma en egoístas y cutres. Es una visión cutre de la labor tan grande que la Iglesia desarrolla en todo el mundo.

 

Sin embargo, de alguna manera «la misión ya está aquí». También en la Diócesis hay esa necesidad de Evangelio y de ayuda social, ¿cómo compaginar ambas misiones sin desprestigiar una por encima de la otra?

Hay una clave de los últimos mensajes del Papa Francisco para el Domund en los que él utiliza la palabra «misión» para todo. También en la Evangelii Gaudium, se emplean los términos «misión» y «renovación misionera» para todo. Esta clave es importante: tú y yo aquí, en nuestro trabajo, somos misioneros pero con el corazón puesto en otros lugares, porque allí también está la Iglesia, los misioneros que nos representan a nosotros.

Yo no haría una diferencia. Yo diría que nos enriquece saber que hay hermanos cristianos que lo han dejado todo para irse. Escuchar a los misioneros debe alentarnos en nuestra misión de aquí. Por eso, las Diócesis con sacerdotes en misión tienen una riqueza fantástica.

 

El papa Francisco citaba a Isaías en su mensaje para la Jornada de Domund de este año: «Aquí estoy, envíame» (Is 6, 8). ¿Cómo se hace la Iglesia presente? ¿Cuál es su manera de “estar aquí”?

Esa es una frase profunda que parte siempre del corazón generoso de un cristiano o una cristiana, sin hacer diferencia entre sacerdotes, obispos o laicos; y puede transformarse en una oración que podríamos repetir al salir de casa o incluso al levantarnos. Nos sentiremos enviados si reconocemos que todo lo que hacemos es misión. Incluso la mamá de familia que se levanta corriendo para llevar a los niños al cole e  irse a trabajar es una misionera; es decir, si convertimos todo lo que hacemos en misión, entonces podremos decir «aquí estoy, Señor, envíame».

Es una frase profunda que parte siempre del corazón generoso de un cristiano o una cristiana, sin hacer diferencia entre sacerdotes, obispos o laicos; y puede transformarse en una oración que podríamos repetir al salir de casa o incluso al levantarnos.

Yo creo que vivimos un momento difícil con esto del COVID, porque nos genera mucha incertidumbre; no sabemos qué es lo que va a pasar. Pero incluso en esta dificultad debemos tener esa capacidad de decirlo convencido, con generosidad, con ganas de servir y de entregarse: si te cambian de parroquia, «aquí estoy, envíame»; si hay que llevar a los niños a actividades extraescolares, «aquí estoy, envíame».

De esta frase dan testimonio muchos catequistas porque, en muchos lugares, la catequesis no podrá ser presencial y, a pesar de ello, dicen: “nosotros vamos a venir los domingos, si los niños vienen a misa los atendemos, participamos con ellos en la Eucaristía”. Cuando hay una convicción y una generosidad, yo creo que esa frase puede hacerse vida y realidad.

El papa también hablaba de que habrá mucho sufrimiento, muchos desafíos, con esto de la pandemia, ¿cuáles son esos retos a los que se enfrentan los misioneros?

Eso es muy sencillo de contestar, porque generalmente los lugares en los que están, sea Sudamérica, Centroamérica, África o Asia, son lugares ya de por sí empobrecidos. Esto es un golpe a mayor. Si lo es para nosotros que lo tenemos todo (un sistema sanitario, un sistema de ayudas económicas para los trabajadores, etc., es decir, recursos en todos los sentidos) para los lugares que no vivían sobradamente, más bien lo contrario; supone un golpe todavía más duro.

Date cuenta del dineral que nos gastamos en el gel hidroalcohólico, mascarillas y alfombras. Hemos creado un mercado de productos anti-covid; un mercado que es caro. Yo lo pienso muchas veces “y quién está en Zambia o en Angola, ¿cómo hace?”. Las enfermedades o virus que son graves acaban siendo peor en los lugares empobrecidos.

Más que nunca, tiene razón de ser el Domund. Nosotros sabemos qué se entrega a Roma cada año, qué proyectos se desarrollan, la cuantía que cada país ha entregado y a donde ha ido a parar; es decir, qué proyectos han llegado a la Congregación para la Evangelización de los pueblos y cuáles se han podido desarrollar.

¿Cuál es el perfil de los misioneros de la Diócesis?

Hace muchos años, la Diócesis colaboró mucho con las misiones en Perú, especialmente con las prelaturas que encargaban al Opus Dei. Como había un gran excedente de sacerdotes, a aquellos que querían ir, se les permitía ir. Algunos han estado un tiempo y han vuelto; otros se han quedado. De hecho, el año pasado, Miguel Ángel Domínguez, natural de Arbo, falleció en misión. Otro de esos sacerdotes, Gilberto Gómez (Albeos, 1952), trabajando allí como misioneros desde hacía muchos años, fue ordenado obispo de la Diócesis de Abancay. De vez en cuando viene a visitar a su familia, y con él se mantiene mucha relación.

Luego podemos decir que, hay algunos misioneros propiamente diocesanos y religiosos o religiosas que, no siendo diocesanos, partieron a la misión desde Vigo. En todos los casos, se trata de gente mayor que ya no va a volver o, el caso de regresar, lo hacen para jubilarse o porque están enfermos. De hecho, este año llegó una religiosa trinitaria que teníamos en el listado, pero resulta que no era de la Diócesis sino que, cuando se fue, estaba destinada aquí.

Por eso, nuestro reto es dar a conocer el testimonio de los misioneros y misioneras. Desde Obras Misionales se están lanzando las experiencias para jóvenes. Todos los años se está lanzando una revista llamada «Compartir la Misión». Este es un proyecto en el que se recogen las experiencia misioneras que se organizan desde delegaciones, congregaciones, etc. Si un joven quiere realizar una experiencia misionera, puede encontrar aquí diferentes proyectos, con su contacto y requisitos.

Si algún joven, que está valorando irse de misión y tiene dudas, nos lee ¿qué le dirías?

En primer lugar, decirlo, comentarlo. Puede hablarlo conmigo, con su párroco o con alguien que conozca. Un primer paso sería participar del encuentro que Obras Misionales organiza todos los años en Madrid, en El Escorial. El encuentro es gratuito, por lo que el único gasto es el desplazamiento; en caso de que algún joven de la Diócesis quisiera ir, la delegación diocesana puede colaborar económicamente.

¿Quiénes van a ese encuentro? Sólo gente joven que ha ido de misiones, ha realizado alguna experiencia, desea hacerla o cree que le gustaría, pero está un poco desorientada. Ese fin de semana de convivencia se transmite la experiencia, el testimonio, e incluso el acompañamiento para encauzar esa posible vocación misionera.

Cualquier joven que contacto conmigo o venga por la delegación, siempre les presento ese encuentro. No se trata de “yo me cojo un avión y me voy a Angola”. Hay un proceso detrás. Hoy en día, más. A veces nos encontramos con personas que vienen con cierto desequilibrio psicológico o un momento vital complicado en el que creen que le puede hacer bien. Desde OMP siempre nos dicen: las vacunas y la formación para ir a África son muy importantes, pero la parte psicológica más; a lo mejor no estás preparado para llegar allí y encontrar situaciones muy difíciles en niños, mujeres o enfermos. Y esto entra dentro de la parte de formación y de discernimiento misionero, incluso de cara a experiencias de verano de un mes o de quince días.

¿Cuál es tu deseo para este atípico curso?

Yo creo que los pocos y pequeños pasitos a nivel general, en la Diócesis, en las parroquias y en las delegaciones, se han visto frenados por el COVID. El virus quiere aislarnos, encerrarnos, y todo lo que hace la animación misionera o las delegaciones de la diócesis es promover la convivencia, el encuentro, el compartir. Un sueño o un buen deseo para este curso: no perdamos el espíritu solidario, abierto y misionero, con los de aquí, pero también con los de fuera

No perdamos el espíritu solidario, abierto y misionero, con los de aquí, pero también con los de fuera.

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