28/09/2022

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San Wenceslao
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San Wenceslao
«Somos números quebrados y el mínimo común denominador es Cristo»

«Somos números quebrados y el mínimo común denominador es Cristo»

Don José Diéguez Dieppa nació en Las Palmas de Gran Canaria en diciembre de 1960. Es sacerdote desde hace 35 años y, como tal, es Deán-Presidente del cabildo de la catedral de Tui, Delegado Episcopal de Liturgia,  Arcipreste de Miñor y párroco de San Xoán de Panxón. Desde el pasado viernes, a todos estos cargos se suma el de Vicario para el Clero.

Más allá de todos sus cargos, ¿quién es don José Diéguez Dieppa?

El párroco de Panxón. A mí lo que de verdad me gusta y lo que siempre he querido ser es sacerdote. Con esto no quiero decir que uno no se pueda realizar como sacerdote si no tiene cargo pastoral en una parroquia, pero a mí me resultaría muy difícil no ser párroco, no tener una comunidad de referencia.

 

¿Qué significa ser Vicario para el Clero?

El “para” es el que marca. Yo creo que el título debía ser más bien “para el servicio del clero”.

El obispo se preocupa del clero que le ha sido encomendado porque forma parte con él de los pastores de esta Diócesis. Entonces, se pone al servicio del clero a través de la función de este delegado o vicario, quien representa la preocupación del obispo por estar cercano a los sacerdotes, pero sin sustituirle. A donde el obispo no pueda llegar, llega el vicario, quien pone en referencia al obispo.

 

¿Tiene algún proyecto de futuro en mente para la Vicaría?

El proyecto va dentro de lo que será el Plan Pastoral de este año. Yo me pongo al servicio en todos los sentidos, aunque esta parcela tiene un contenido propio. Me propongo visitar todos los arciprestazgos, porque necesito conocer la realidad de cada uno desde la visión de sus sacerdotes. Desde ahí, tendré que ir elaborando.

Hay algunas actividades que ya están marcadas como los Ejercicios Espirituales o las distintas jornadas de formación. Todo ello entra dentro de la programación habitual de esta Vicaría, que venía haciendo don Uxío y que yo continuaré.

¿Cómo cree que conviven las diferentes realidades del clero: los jóvenes y los ancianos?

Pues tienen que vivir con mucha caridad. Yo pienso que, más allá de las diferencias, nosotros, sobre todo el presbiterio diocesano, estamos llamados a dar una imagen de unidad en Cristo. Quien me tiene que unir a mis hermanos no es la simpatía o la no empatía, sino Cristo.

Si no me uno a los demás por Cristo, me acabarán cayendo simpáticos. Si me uno a los demás por la simpatía que me producen, estaré muy simpático con este, pero con el otro nunca me uniré.

Somos números quebrados y el mínimo común denominador es Cristo. Estoy convencido de que esta relación con los demás que parte de Jesucristo es verdaderamente humana. La otra puede ser muy personal, muy individual, y acaba siendo mala para aceptar a todos.

«Estamos llamados a dar una imagen de unidad en Cristo».

El papa Francisco en su Exhortación Apostólica, Christus Vivit, incide en la relevancia de la convivencia entre jóvenes y ancianos. ¿Usted también cree que es importante?

¡Claro!

Estructurar las relaciones humanas es un poco lioso. Por eso, si a mí me mandan a una parroquia y hay un cura mayor, no estoy condenado a entenderme, sino que estoy llamado a convivir. Desde este punto de vista, constituye un ideal, pero también tenemos que entender que estamos llamados a cambiar esa realidad.

Yo tengo intención de crear una pequeña comisión, porque así me lo ha pedido el obispo, que integre un sacerdote mayor y un sacerdote joven para crear un equipo de la Vicaría. Todos tenemos distintos cargos y no se trata de aligerar la responsabilidad, sino de ser corresponsables para que entre todos la cumplamos.

 

¿Cómo ha afectado el confinamiento y la crisis del coronavirus al clero?

A mí me consta que el Sr. Obispo ha estado cercano a través del teléfono. Yo observo que la problemática de los sacerdotes no está ajena a la problemática de la comunidad. La pandemia nos ha trastocado muchas cosas.

Hay un problema de no reintegración a la comunidad porque la gente tiene miedo. Las noticias que estamos teniendo no son positivas, de hecho, se vaticina que habrá más ciudades confinadas.

Hay que estar muy atentos a los sacerdotes mayores que se ven rebasados por la situación  y también a las comunidades. Algunos sacerdotes que han rezado mucho, han dado mucho, ven que, a pesar de los esfuerzos, la comunidad se deshace. El miedo es libre, ciertamente. Yo en mi parroquia tengo personas que no han vuelto a misa. A veces me llaman, pero tienen miedo a volver.

 

¿Cree que ha existido el peligro de que alguna parte del clero se haya sentido obliga a “hacer por hacer” con la idea de justificar su trabajo?

Creo que aquí hay que citar a San Pablo: «no nos anunciamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por Jesús» (2 Co 4, 5). Cuando un sacerdote reza o hace para anunciarse a él, está perdido. La clave la da la gratuidad de las cosas. Nosotros tenemos que ser honestos.

Desde ahí un sacerdote sabe cuándo tiene que rezar, sabe cuándo tiene que estar con las personas. Estoy convencido porque el Espíritu de Dios, que habita en nosotros, no nos abandona y no va a permitir que hagamos las cosas mal si nosotros ponemos lo que está de nuestra parte.

Yo pienso así: Dios no nos deja. Cuando uno piensa en Él, ¿cuántas cosas cambiaríamos de nuestra vida? No se trata ya de pecado o no pecado, sino de la oportunidad de hacer cosas. Por eso esa confianza en el Señor, ese trato con Él, me va haciendo descubrir como va siendo mi presencia hacia los demás.

¿Podría compartir un deseo para este nuevo curso como Vicario para el Clero?

Todos los cargos los quiero recibir con una actitud de fe y como una oportunidad. En primer lugar, para mí; una oportunidad para que yo sea mejor sacerdote y para que yo me sitúe mejor con respecto a mis hermanos sacerdotes, mi obispo y, en definitiva, con la Iglesia.

Ojalá haga el bien que pueda desde esta actitud de conversión. A veces, uno está tan ocupado con los otros cargos que se olvida de esta otra dimensión; o no la cuida tanto porque la vida nos puede. Hay que situarse en la providencia del ser, no tanto en la idea de «yo soy el que tenía que ser», sino como una oportunidad de crecimiento y de conversión en Cristo.

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