6/08/2021

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La Transfiguración del Señor
6/08/2021

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La Transfiguración del Señor

Maristas

Maristas

Carta de Jaime Lago Monroy al director de Faro de Vigo, publicado el 17 de junio de 2021.

Me refiero al reportaje aparecido en la página 20 de su periódico el pasado día 2 de junio, dando amplia publicidad de unos supuestos abusos en el Colegio Maristas de “El Pilar” en esta ciudad acaecidos hace 60 años e imputados a varios miembros de la comunidad marista de esas fechas. Entre ellos el que fue director y artífice del nuevo colegio que se mantiene en la calle Venezuela, Hermano Pablo.

Vaya por delante que he sido alumno de ese colegio durante toda la década de los cincuenta, cursando todo el Bachillerato y Preu en él, habiendo convivido con los profesores imputados durante todos esos años, y también que siempre he valorado positivamente la formación recibida, así como el pertenecer al clan de alumnos que convivimos en ese centro durante nuestra infancia y juventud y que venimos manteniendo estrecha amistad hasta el día de la fecha, sin que conozca a ninguno que se haya considerado objeto de violencia o abuso como se plantea en el reportaje origen de estas líneas.

Es más, cuando llegó el momento, muchos años después, no he dudado en inscribir a mis dos hijos varones como alumnos de ese mismo centro. Espero que ninguno de los denunciantes me acuse de padre desnaturalizado, pero cualquiera sabe. Todo es factible una vez puestos en el disparadero de acusaciones solo fiadas a la palabra de quienes no han tenido reparo alguno en callarse durante iSESENTA AÑOS! (seguramente apoyados en otros posibles resentidos por cuestiones ajenas a lo que presentan como hechos y que lógicamente a estas alturas no van a atreverse a confesar).

En el caso particular que atañe al acusado Hermano Pablo, no puedo menos que repudiar tales imputaciones por mi profundo conocimiento de la persona. Mi relación, que se inició como simple alumno en las clases de Latín que impartía, prosiguió luego en mi madurez a lo largo de los años hasta su fallecimiento. No sería digno de la amistad con que me distinguió si ahora callase ante ataques que lo vilipendian gratuitamente y respecto los que nadie que le haya conocido a lo largo de su vida podrá admitir como veraces. En toda mi relación con este buen profesor JAMÁS hubo asomo de tocamientos o acercamiento malsano y menos aún de violencia, que en absoluto correspondía a su carácter. Nada más dispar del colegio que conocí que la versión de corte terrorífico reflejada en la prensa. Y quiero confiar en que mi palabra tendrá, por lo menos, tanta validez como la de los acusadores.

He leído el reportaje, primero con estupor, luego con indignación y, finalmente, con pena, con mucha pena comprobando qué fácil es destruir reputaciones hoy en día. Sobre todo cuando el acusado no puede defenderse, como es el caso, y especialmente ahora, que está tan de moda reescribir la historia, cualquier historia, como a uno le da la gana o le conviene y aprovechar la proclividad de los medios con alta difusión para vengar (bien tardíamente, por cierto) Dios sabe qué remotos agravios escolares.

La calidad de quienes parecen haberse puesto de acuerdo al cabo de 60 años para destapar tales abusos y violencias (supongo que con algún dato demostrable al margen de su palabra y la de quienes quieran sumarse al río revuelto) aparece evidenciada en sus curiosas coartadas para salir ahora a la palestra: “Forma parte de la historia de una dictadura de tiempos sórdidos” (ya tenemos una pista) “cuando eres niño no sabes lo que pasa… Después maduras y ves que era algo generalizado”. “No podíamos morirnos sin contarlo”.

¿Contar qué? ¿Que durante años y años ocultaron unos hechos que dicen ciertos y que, si así fuera, todos permitieron CONSCIENTEMENTE que continuasen afectando a cientos de niños si nos atenemos a algunas de las informaciones leídas sobre este asunto?

A los diez años no sabían. Vale. Pero, ¿y a los 30 años? ¿Y a los 40? ¿A los 50? ¿A los 60? Resulta que solo al cumplir los 70, cuando todos los supuestos culpables están desaparecidos, muertos y enterrados, sus conciencias (?) ya no pueden callar. ¿Es asumible que durante todo ese tiempo de silencio esos dignos profesores y abogados ignoraban que, precisamente con ese silencio, estaban siendo cooperadores necesarios en el sufrimiento que venían padeciendo decenas o cientos de niños, año tras año, generación tras generación, según sus afirmaciones de que “era algo generalizado”? ¿Qué tipo de conciencia ha de suponerse tienen esos “hombres con un pie en la tumba” que ni siquiera ahora expresan el menor remordimiento por su cobardía y dejación de los más elementales principios de decencia humana y solidaridad con los sufrientes de los que, si seguimos confiando en su palabra, eran conscientes de que existían y padecían?

Como en toda investigación que se precie, es inevitable (y necesario) hacerse una primera pregunta: Qui prodest? ¿Quién se beneficia de todo esto? ¿Nadie? Increíble.

Pongámoslo de otra forma: ¿a quién perjudica? ¡Ah, ya, claro! Pues eso. A moro muerto, gran lanzada.

Me parece bien que los Maristas abran investigación, porque si no se les echarán encima todos los blogueros del país, que son un montón. Pero espero que, en todo caso, la presunción de inocencia no se vaya por el desagüe una vez más, como es tan habitual en los tormentosos tiempos que padecemos.

Jaime Lago Monroy.

Vigo.

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