Bienqueridas/os amigas/os:
Un año más celebramos la fiesta del Espíritu, Pentecostés. No es solo un mero recuerdo del pasado; celebramos la irrupción del Espíritu Santo hoy, que es fuego, dinamismo y empuje. Y este Espíritu, regalo del Resucitado viene sosteniendo a la Iglesia desde el inicio y derrama sus dones de manera generosa, sobre todos y cada uno de nosotros, nos sacude en nuestras inercias y comodidades.
En esta jornada, celebramos el Día del Apostolado seglar, y este año se nos propone el lema Pueblo de Dios que sale al encuentro. Cada discípulo/a del Resucitado somos pueblo de Dios, y somos invitados a salir: de nuestra zona de confort, de nuestras costumbres y rutinas, de nuestras apatías, y pisar la lama del día a día, manchándonos las manos con la realidad del mundo y llenando de vida todo lo vivido.
Nos decía el documento final del Sínodo algo bien importante: los laicos no son meros colaboradores, sino sujetos corresponsables de la única misión de la Iglesia. Nuestras parroquias, nuestro mundo, necesitan del criterio, del talento profesional, de la capacidad de decisión real, del compromiso de cada discípula/o de Cristo. No podemos dejar que los miedos, dudas y complejos nos lleven al replegamiento o a la comodidad. No podemos quedarnos cerrados en las sacristías o en las propias casas. El Espíritu de Pentecostés nos empuja cara fuera, a salir, y salir al encuentro de cada hombre y mujer, de cada realidad, de cada situación, para llevar una gota de esperanza evangélica. Este es el tiempo del compromiso cívico-social, también del compromiso eclesial. Seguir a Jesús nos exige implicarnos activamente en la política, en los sindicatos, en las asociaciones vecinales, en la ecología, en la cultura, en la defensa de los más vulnerables, en la opción por los pobres… y también en las comunidades parroquiales y grupos, en las asociaciones laicales dentro de la Iglesia, en los movimientos apostólicos, en las delegaciones diocesanas… para ir juntos, con la corresponsabilidad de todos, sembrando Evangelio y construyendo el Reino de Dios.
Nuestra propia historia local nos marca el camino. En el Sínodo diocesano que celebramos entre 2002-2006, se nos invitaba a despertar y caminar, a echar las redes y remar mar adentro. Aquella experiencia de Iglesia, rica e ilusionante, se celebró para generar un cambio estructural, una conversión personal, pastoral y social irreversible… cambio en lo que es necesario ahondar y caminar más. ¡No podemos perder aquella ilusión ni esperanza!
La Iglesia no existe para sí misma, sino para anunciar el Reino en el corazón del mundo, nos dice el reciente Sínodo celebrado en la Iglesia. En ella, cada quién tiene un papel, una responsabilidad, un compromiso.
Para que este fuego de Pentecostés no se quede solo en palabras, os invito a que penséis en unos compromisos concretos para llevar adelante en nuestra diócesis:
- Mayor participación de todos (sinodal) en tu comunidad/parroquia: creando y dándole vida a los Consejos parroquiales de pastoral y economía. No seáis espectadores, sino meteros de lleno en la toma de decisiones y en el día a día comunitario.
- Integración en grupos, asociación de laicos (Acción Católica, Comunidades de Vida cristiana…) que nos pueden ayudar a una mayor vivencia y acompañamiento de la fe, una formación más ajustada y unos compromisos eclesiales.
- Voluntariado: desarrollando el compromiso cívico-social que nos acerque a los más vulnerables y a la transformación social.
Es el momento de salir a las calles, de vivir la responsabilidad cívica con coraje y coherencia cristiana. El Espíritu ya se derramó; ahora nos toca juntos, corresponsablemente, arder, comprometernos y transformar nuestra realidad. ¿Vas a dejar pasar el momento?
¡Feliz día de Pentecostés, feliz día del Espíritu!
Vuestro amigo y hermano: