13 de abril de 2026,
San Hermenegildo

Pregón de la Semana Santa de Vigo, 2026

Pregón de la Semana Santa de Vigo, 2026

+ J. Leonardo Lemos Montanet

                                                                                         Obispo de Ourense

Coa vosa licenza, Sr. Bispo, irmán e amigo D. Antonio Valín Valdés:

Recibin con gratitude sincera a invitación que o Sr. Delegado Episcopal para a Semana Santa de Vigo tivo a ben facerme chegar, por medio do voso Bispo, para que —aínda que só sexa por uns intres— poida abrir diante de vós a memoria e os latexos do meu corazón neste pregón da Semana Santa da cidade de Vigo, do ano 2026.

Permitídeme que, antes de proseguir, saúde a Mons. Quinteiro Fiuza, bispo, emérito de Tui-Vigo e Presidente do Apostolado do Mar; ao Sr. Deán da Catedral de Tui; ao Sr. Vigairo Xeral e aos demais Vigairos; ao Ilmo. Sr. Cura-Párroco desta Concatedral-Basílica na que nos atopamos; aos irmáns sacerdotes e aos membros da vida consagrada; así como aos Irmáns Maiores das Cofradías, gardiáns da fe e da tradición que nestes días se fai procesión, silencio e oración polas rúas da vosa cidade.

Quero tamén expresar o meu agradecemento pola presenza das excelentísimas e ilustrísimas autoridades civís, militares, xudiciais e académicas; e, de maneira especial, ao Sr. Alcalde-Presidente da Corporación Municipal desta cidade olívica: a máis poboada de Galicia, cidade moderna e laboriosa, mariñeira e industrial, que co seu gran porto se abre, xenerosa e sen medo, máis alá dos mares; cidade de horizonte ancho e de espírito hospitalario, onde milleiros de ourensáns atoparon traballo, fogar e amizade, ata sentirse aquí como na súa propia casa, vigueses entre vigueses, irmáns entre irmáns.

Señoras e señores,

Amigos todos.

         Me cabe el honor de ser pregonero de la Semana Santa de esta ciudad. Quisiera manifestaros, mis queridos amigos, que no me resulta fácil ser pregonero de un acontecimiento por vosotros vivido a lo largo de los años y en los que yo, por razones pastorales, no he podido participar. Sin embargo, me atrevo a presentarme ante vosotros, abusando de vuestra benevolencia, para que con mis palabras suscite la apertura de vuestro ser más íntimo y así podáis prepararos mejor a vivir los acontecimientos más importantes que conmemoran los hijos e hijas de Dios, que viven su fe en el seno de la Iglesia, y también tantos hombres y mujeres de buena voluntad.

         Alzar la voz desde aquí, bajo la mirada del Santísimo Cristo de la Victoria que ha fascinado el corazón de hombres y mujeres, niños y ancianos, enfermos y sanos, no sólo de esta gran ciudad sino de sus alrededores, incluso de la vecina Portugal, y no digamos de mis tierras ourensanas, se convierte en una ocasión extraordinaria que también a mí me ayuda a renovar mi fe. Contemplar la victoria de Cristo, que reina desde la Cruz, es la hermosa síntesis de las fiestas pascuales que se prolongan gracias al dinamismo del Espíritu, a lo largo de cada domingo, tanto en las celebraciones litúrgicas solemnes que se viven en este templo, como aquellas otras, más sencillas, pero no menos importantes, que llevan a cabo nuestros heroicos sacerdotes en esos bellísimos templos perdidos en la geografía de nuestra Galicia. Por la Cruz a la Luz. Por la Pasión a la Gloria. Esa es la auténtica clave en la que se mueve nuestra fe y que debe encontrar un eco misionero en nuestras vidas.

         Qué bueno es recordar aquí, y en este momento, en el marco incomparable de esta Concatedral-Basílica de Santa María, la invitación que nos hace aquel que fue vuestro Obispo, más tarde Arzobispo de Compostela, Mons. Lago González, que al contemplar al crucificado, dejó escrito:

“¡Cristo na cruz!

O mundo pasa, e non o mira

Mais dende o leño santo,

aberto en chagas,

segue a chover sangue e misericordia

sobre a terra ingrata”.

          Aunque para las cosas del espíritu ya sabéis que mil años son como un ayer que pasó, las palabras de esta poesía siguen siendo de perenne actualidad. Cristo en la cruz, y el mundo pasa y no lo mira…Y, a pesar de la tierra ingrata, de la Cruz del Buen Jesús, brota a raudales la sangre redentora y misericordiosa de Cristo sobre todos nosotros y sobre el mundo entero. Esta es la grandeza de la fe cristiana que no tiene horizontes y que el último libro de la Biblia nos recuerda: Vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas (Ap 7, 9). La última vez que pude pasear por las calles de esta luminosa ciudad fue durante las Navidades. Allí me di cuenta de la sinfonía de personas con las que me encontré, de distintos lugares, no sólo de Galicia y del país vecino, sino de otras latitudes, incluso de allende nuestras fronteras. Pude comprobar que sois ¡una ciudad moderna y cosmopolita! Pues bien, pensando en ese mundo de gentes, ¡qué certeras son las palabras que brotaron de aquel buen pastor de vuestra tierra que, fascinado por la luz de la fe cristiana pudo afirmar!: En cada paso de procesión, en cada gesto de devoción, descubrimos que la fe verdadera no borra el dolor, sino que lo abraza y lo convierte en esperanza viva.

          Sí, es verdad, Galicia es tierra en donde el paisaje piensa y la historia reza. Y en Vigo, cuando la Cruz de Cristo sale en procesión por las calles de vuestra ciudad; cuando el silencio se hace más elocuente que las palabras al contemplar el rosto del Crucificado, que se nos muestra en la imagen de Nuestro Padre Jesús del Silencio, o cuando la ternura de Dios resplandece tras la mirada de la Virgen de la Amargura, uno se da cuenta de que no sois un pueblo sin raíces, sino una comunidad que camina desde hace siglos, al ritmo que marca el gran acontecimiento de la Pascua del Resucitado.

         Por eso, ante un mundo que pasa y no mira, como nos recordaba el último verso de aquel obispo poeta, nos podemos preguntar si en un país como el nuestro, en una gran ciudad moderna y abierta como la vuestra, llena de contrastes, tiene sentido celebrar en la calle la Semana Santa. Reconozco que para algunos, los desfiles procesionales por vuestras calles constituyen un atentado a la libertad de expresión; otros piensan que es un subproducto de tiempos pretéritos, romántica pretensión – dicen – de un pequeño grupo que quiere imponer sus convicciones religiosas. O bien, afirman otros, es la reacción del clero que lucha con todas sus fuerzas por no desaparecer del ámbito social y seguir manteniendo su poderío y presencia en una realidad que ya no le pertenece ¡Nada de eso es la Semana Santa de esta ciudad y sus procesiones!

Piensan algunos que el cristianismo es pura cosmética cultural que, aunque presente, bajo sus apariencias ya no hay nada. Yerran quienes esto afirman. ¡Qué bien ha sabido captar el corazón de nuestro pueblo en su obra Arredor de si, D. Ramón Otero Pedrayo, cuando afirma que Galicia no sólo es un lugar, sino una conciencia y la Semana Santa no es sólo un recuerdo, sino presencia. Y precisamente aquí se pueden entender estas palabras que escritas no pazo de Trasalva, situado en uno de los montes que circundan la ciudad de las Burgas, encuentran una resonancia especial en esta ciudad que mira al mar, y que por ello siempre os abre a un horizonte sin límites, a una realidad que nos habla de misterio y es como un símbolo de lo eterno. Vuestras procesiones quieren ser una memoria encarnada de vuestra fe, que en los misterios de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, tiene su centro de referencia, que da sentido al tiempo que os ha tocado vivir y a vuestra historia como pueblo.

Quien ha dicho que vuestra Semana Santa es una clericalización de la cultura no ha sabido calar con objetividad el trasfondo que hay en cada una de vuestras cofradías y de esas hermosas imágenes que procesionáis, tras las cuales se encuentran los más auténticos y nobles sentimientos cristianos, que tantas veces por pudor y no por vergüenza, están emboscados tras esos testimonios vivos y la actividad de tanto apostolado laical; de tal manera que sois vosotros, los laicos, los que como una consecuencia de ese ministerio bautismal dais vida a las cofradías y a las procesiones y, gracias a esta dinámica apostólica, os situáis dentro del marco de la nueva tarea evangelizadora a la que estamos invitados todos los creyentes, y también los hombres y mujeres de buena voluntad. De tal modo que juntos, caminando unidos, como peregrinos de esperanza, en este tercer milenio, en medio de los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren (cf. GS nº 1) sepamos ser constructores de la civilización de la paz y del amor.

Vuestra Semana Santa es piedad, historia, cultura, arte y por qué no, también turismo – que supone desarrollo y progreso para un pueblo que está sufriendo en los últimos años graves vicisitudes. ¿Acaso se oponen o contradicen estas realidades? Creo que todo lo contrario, porque todo aquello que afecta a lo más humano del hombre, interesa a la Iglesia, porque ella, como Madre y Maestra, experta en humanidad, mejor que nadie ha sabido descubrir que su camino es el camino del hombre. El auténtico camino de la nueva tarea evangelizadora pasa por el corazón del hombre que se exterioriza, tantas veces, a través de estos signos de piedad y devoción. Arranquémosle al ser humano sus manifestaciones religiosas, tal como pretendieron hacerlo algunas poderosas ideologías decimonónicas, que sembraron tanto dolor en el pasado siglo XX, y nos daremos cuenta de que reduciremos la persona humana a su propia finitud y contingencia, condenándola a vagar sin sentido por los caminos de este mundo, buscando dioses nuevos y construyendo, una vez más, falsos paraísos.

Las expresiones religiosas, como lo son las procesiones de vuestra Semana Santa, son manifestaciones vivas del sentimiento más profundo del hombre que, a pesar de las modas laicistas excluyentes, o del secularismo, siguen emergiendo en nuestra sociedad, y lo hacen como una exigencia radical que brota de lo más íntimo del ser humano, porque la religión no es algo epidérmico o accidental, que se tiene o no, que se elige o se puede rechazar a discreción, sino que es esa realidad profunda que está enraizada en lo más íntimo de nuestro ser, y esto es así porque toda persona humana es un ser religioso, religado íntimamente consigo mismo, con los otros, y con Dios.

En este sentido, qué bien ha sabido captar el alma del pueblo aquel literato de mi tierra que fue Vicente Risco cuando, de una manera acertada, con su pensamiento cargado de simbolismo y de honda espiritualidad, llegó a decir que Galicia e una terra de saudade, e saudade é sentimento de eternidade. Esta saudade es un anhelo de lo eterno que se encuentra en lo más íntimo del corazón humano, es nostalgia de la Pascua definitiva. De ahí que cuando se pretende cercenar del corazón del hombre toda esa dimensión de trascendencia, se trunca toda esperanza y la inteligencia del corazón humano, sediento de Dios, va en busca de esos sucedáneos que la sociedad contemporánea, bajo apariencia de progreso, presenta como auténticos cauces liberadores cuando lo único que hacen es aherrojar el espíritu humano en este neopaganismo consumista actual que, arrojándonos en manos de un frio individualismo termina por cristalizarnos en las fronteras del yo, y ante la primera dificultad, problema, dolor o contrariedad, se quiebra. De ello nos dan razón las estadísticas de las muertes violentas, del aumento de suicidios y del sinsentido de muchas vidas atrapadas por tantos anestésicos del mundo contemporáneo.  

 Precisamente, en la existencia de este hecho radical que es la dimensión religiosa del ser humano, es donde se funda el sentido último de todas estas manifestaciones populares. Aquellos que tanto hablan de libertades, si pudieran prohibir las procesiones y cualquier otra manifestación externa de los sentimientos religiosos ¡seguro que lo harían en aras de la libertad! violentando gravemente los sentimientos más profundos de sus conciudadanos, y sin querer-queriendo, terminarían atentando contra la libertad misma en cuyo nombre dicen querer actuar.

Las manifestaciones religiosas populares del cristianismo, no solo dieron comienzo a un proceso de evangelización, sino que también generaron un auténtico proceso de socialización, forjaron orden y desarrollo, hicieron crecer la vida de los pueblos y generaron un auténtico progreso humano y moral de los ciudadanos. Son muchos los ejemplos que pueden confirmar mis palabras, pero quisiera mencionaros la ingente labor de evangelización llevada a cabo por la misión excepcional de dos paisanos nuestros: Fray Rosendo Salvado en Australia y el Beato Sebastián de Aparicio en México. La Cruz de Cristo y sus diferentes manifestaciones son signo de armonía, plenitud, desarrollo y de una auténtica cultura liberadora.

Si tuviéramos que buscar una palabra que sintetizase la realidad plástica y devocional que se vivirá, dentro de unos días, en las iglesias y calles de la ciudad olívica, yo diría,  sin duda alguna, que vuestra Semana  Santa es de una gran belleza y, además, una manifestación clara de la solidaridad entre hombres y mujeres, jóvenes, niños y mayores. ¿Acaso encontráis otro signo de mayor inclusividad? Porque, ¿quién no experimenta, año tras año, el gozo y la alegría en la procesión de la Borriquilla, que hasta los mayores perciben en lo más profundo de su alma, tantas veces endurecida por la vida, cómo brotan los recuerdos de aquel ayer que pasó y que ha dejado una huella todavía indeleble en la que siempre renace la esperanza?

¡Cómo no aguardar con expectación la tarde del Jueves Santo! Después de la liturgia vespertina de la “Cena del Señor”, en la que procesionan por el centro de esta ciudad once pasos, portados con devoción y respeto por los hermanos cofrades, amigos y voluntarios que con un solo sentimiento, todos unidos, todos juntos al unísono, son signo del camino sinodal que nos pide que recorramos la Iglesia. También los barrios de Vigo están presentes en estas manifestaciones.

Sólo quisiera mencionar como ejemplo, pero soy consciente de que existen muchos más, la procesión del Nazareno que sale de Teis, cuna del Vigo industrial, y aquellas otras que tienen como punto de referencia la villa marinera de Bouzas, cuyo templo está al lado del mar y en su interior se venera una hermosa imagen del Crucificado que ha dado origen a una antiquísima procesión.

El Viernes Santo, partiendo del Obispado y en dirección a La Guía, se vive con devoción, desde hace muchos años, el Vía Crucis, acto de piedad popular y peregrinación de fe. En el atardecer de este día, de esta Basílica de Santa María sale la tradicional procesión del Santo Entierro que se encuentra con la cofradía del Cristo de la Fe, cuya estación de penitencia es la parroquia del Sagrado Corazón.  

Y otras muchas manifestaciones de fe que brotan del corazón de este pueblo. Alguien ha dicho que la belleza nos salvará (afirmó con fuerza el gran Dostoievsky). Solo esa belleza redentora del Crucificado-Resucitado nos puede redimir de nuestras pobrezas. Necesitamos recuperar, también en y por nuestras calles, el sentido auténtico de la belleza. Las procesiones de Semana Santa no son manifestaciones prepotentes de lo católico, sino que son una auténtica necesidad del ser religioso de muchos ciudadanos y también quieren ser una llamada interior, para que aquellos que, contemplando vuestros pasos procesionales, puedan recorrer ese camino que les puede ayudar a encontrarse con ellos mismos y con Dios.

Siempre ha existido una estrecha relación entre la belleza y la fe, ésta se ha convertido a lo largo de la milenaria historia de la cultura occidental en un camino, no solo para contemplar la realidad, sino también para plasmarla. No hay más que visitar los grandes museos para darnos cuenta de la ingente cantidad de obras de arte inspiradas por los misterios liberadores del cristianismo.

         Vosotros, los que formáis parte de las Cofradías, debéis ser conscientes de que no solo exteriorizáis algunos misterios de la Redención Humana, sino que manifestáis por las calles la fe que poseéis en vuestros corazones, de ahí que si a este acto externo le sumáis esa lucha por vivir en armonía con el querer de Nuestro Señor Jesucristo, entonces vuestras bellísimas y piadosas imágenes, el orden y la música procesional, todo, absolutamente todo ¡hasta el sacrificio más pequeño! se convertirá en ocasión de conversión para aquellos, que como espectadores contemplan ajenos el desfile de vuestro paso de devoción, y se sienten fascinados por la serena belleza de lo que contemplan. No os olvidéis de lo que dejó escrito el obispo poeta: O mundo pasa, e non o mira/ Mais dende o leño santo,/aberto en chagas,/segue a chover sangue e misericordia sobre a terra ingrata

Sabemos bien que no es fácil plasmar la belleza si no existe una fe viva en ese Dios, auténtico creador de la verdadera y eterna belleza. Por eso es muy importante no convertir vuestras procesiones en simples desfiles, similares a aquellos otros que recorren las rúas de nuestras villas y ciudades en días previos al comienzo de la Cuaresma. Solo la auténtica belleza fascina el corazón del hombre, porque se convierte en una terapia que restaura la existencia herida y, si se cuida, es camino de conversión que abre el ser del hombre a algo fascinante, diferente, distinto y misterioso que lo proyecta hacia aquello que está por llegar y es causa de plenitud. La belleza así entendida se convierte en un camino de fe porque nos lanza más allá de las fronteras de nuestro propio ser, tantas veces roto por los problemas y las dificultades del vivir cotidiano, dándole una perspectiva nueva en su existencia, abriéndola a la esperanza, y ésta, como bien sabéis, tiene un nombre propio: Jesucristo (cf. 1 Tim 1,1; Col , 1, 27     

Sin embargo, es necesario tener en cuenta que el cristianismo es más que un puro sentimiento transitorio, o una manifestación estética, o la reacción externa a una serie de costumbres aprendidas desde la infancia. El cristianismo es vida y, por consiguiente, no se puede reducir a un espacio y a un tiempo determinado. No se puede pretender encerrarnos en las sacristías y en el interior de los templos, al igual que no se pueden robar las ansias de libertad y la sed de amor que posee el corazón humano, aunque se le pretenda encarcelar o prohibir sus manifestaciones. La vida supera todos los esquemas y rompe cualquier tipo de formulismo, por eso el Cristianismo es cuestión de fidelidad, de entrega, de tolerancia, de amor, de heroísmo y de martirio. El cristianismo es vida, y por eso también encuentra su lugar de expresión en las plazas y calles de nuestras villas y ciudades, en donde discurren las actividades ordinarias de sus ciudadanos.

         Hoy, este Dios con nosotros – rostro visible del Dios invisible – que asumió nuestra humanidad, que se nos hizo presente a través de Jesús, el hijo de Santa María, para muchos de nuestros conciudadanos, en el silencio de su corazón, en donde se encierra todo el misterio fecundo de su vida, se puede volver a hacer presente a través de las imágenes de cristos y dolorosas que procesionarán por vuestras calles!

         Las procesiones de vuestra Semana Santa no son solo un desfile de cofrades y penitentes acompañando esas hermosas y veneradas imágenes, algunas de ellas cargadas de historia y de arte ¡son mucho más! Son una catequesis viviente, una evangelización a través de la belleza. Para muchos los desfiles procesionales son la única ocasión que tienen para encontrarse con una imagen de lo divino, a través de la cual se desvela el misterio de esa dimensión de trascendencia que se encuentra como anhelo profundo escondido en todo ser humano.

         En algunos lugares de nuestro País, al igual que aquí, en torno a las hermandades y cofradías se encuentra mucha gente joven que busca algo más de lo que se le ofrece cotidianamente, de ahí que es necesario apoyar y encauzar esos ámbitos de apostolado laical y convertirlos en lo que deben ser: espacios de evangelización en los que se pueda realizar esa catequesis de Primer anuncio que hoy es imprescindible a todas las edades. Los resultados de la apuesta por estos areópagos especiales, que son las procesiones de Semana Santa, no se hicieron esperar y de entre los cofrades jóvenes han surgido vocaciones al ministerio sacerdotal, a la vida religiosa, misionera y monástica, porque Dios sigue llamando, solo espera que el corazón de los niños y de los jóvenes encuentre el marco adecuado en los que se deje sentir esa llamada. En ocasiones, las cofradías y hermandades son ese “humus vocacional” que no conviene descuidar.

La Semana Santa de Vigo es obra de muchos corazones. Su realización plástica supone una conjunción de esfuerzos por parte de las cofradías, hermandades y, sobre todo de vuestras parroquias y sacerdotes. Pero no os olvidéis nunca que el éxito de la Semana Santa sois todos: Obispado, consiliarios, cofrades, autoridades ¡todos vosotros amigos míos! que sois la expresión más viva y auténtica de esta moderna ciudad. Todos vosotros constituís el alma de esta Semana Santa. Sin vosotros, sin vuestra piedad y sin vuestro compromiso, esto no tendría sentido. Que esta unión por una causa tan hermosa os ayude a llevar a cabo lo que fue proclamado por aquella emblemática exhortación apostólica Evangelii gaudium en la que se llega a afirmar que el pueblo se evangeliza continuamente a sí mismo (nº 122) y una de esas formas populares de evangelización es vuestra Semana Santa. Que todo lo que vivís con ilusión y celebráis con pasión os ayude a convertiros en esos discípulos misioneros que la Iglesia y el mundo de hoy necesitan.

Desearía concluir mi intervención haciendo mío aquel deseo expresado, en forma de oración, por Mons. Lago González: «Que esta Semana Santa vos atope coa alma vixiante ante o misterio de Cristo; que saibades entrelazar a fe coa beleza e a esperanza coa fonda identidade da nosa terra, para que, ao erguer a mirada cara á Cruz, sintades tamén latexar en vós a forza do Amor que vence a morte e vos impulsa cara á vida nova que sempre renace»… ¡Eso os deseo con toda el alma!

¡He dicho!