Estos días en Madrid con el Papa han sido un auténtico regalo.
El plan surgió casi de forma inesperada durante la semana, al volver a ver vídeos de la JMJ de Madrid, a la que fui con 14 o 15 años. Aquella experiencia con Benedicto XVI fue muy importante para mí: una gran aventura, llena de emoción, alegría y un encuentro profundo con Jesucristo en una edad en la que empiezas a vivir la fe de una manera más consciente.
Esta vez volví a Madrid de una forma muy distinta: ya con mi marido y nuestros dos hijos, una niña de 2 años y un bebé de 11 meses. Evidentemente, no es un plan que permita la misma concentración, pero también creo que es lo que ahora nos toca: vivir la fe como padres y llevar a nuestros hijos con nosotros.
Fuimos los cuatro a la vigilia, en el sector 23, y pudimos entrar y disfrutarlo muchísimo. Al día siguiente, debido a la gran afluencia de gente, no pudimos acceder a los sectores para la misa, pero buscamos una alternativa y la seguimos desde la calle Génova, viendo una pantalla y escuchándola por Radio María.
Me impresionó especialmente ver a tanta gente joven, a los voluntarios tan entregados y amables, y las calles de Madrid llenas de familias, mayores, grupos de religiosas cantando y una alegría verdaderamente contagiosa.
Creo que esta visita le ha venido muy bien a España. Nos ha recordado que la fe sigue muy viva, que somos muchos y que no estamos tan solos. También nos ha ayudado a mirar de nuevo a nuestras raíces, a la fe que ha acompañado durante siglos la historia de nuestro país, y a vivirla hoy con alegría y esperanza.
Volvemos maravillados y con las pilas cargadas para, como nos dijo el Papa, cambiar la historia haciéndolo con amor. Además, nos animó a no tener miedo a la vocación del matrimonio y a formar una familia. En mi caso, esas palabras resonaron de una manera muy especial, porque formar una familia junto a mi marido y nuestros hijos ha sido, sin duda, lo mejor que he hecho en mi vida.
¡Viva el Papa!