Mi nombre es Maite Pérez, tengo 46 años y trabajo como médico internista e infectóloga en el Hospital Álvaro Cunqueiro de Vigo. Este fin de semana he tenido la inmensa suerte de participar en la vigilia de jóvenes y en la santa misa celebradas por el papa León XIV en Madrid. Ha sido una experiencia que difícilmente olvidaré.
Viajé en un autobús organizado de forma particular en el que íbamos 55 personas. La más joven tenía solo siete años y algunos ya peinaban canas, pero predominaban los jóvenes. Desde el primer momento se creó un ambiente de alegría, convivencia y fe compartida que hizo del viaje algo especial.
Uno de los aspectos que más me impresionó fue contemplar a tantas personas, especialmente jóvenes, llegadas de distintos lugares de España para vivir y celebrar su fe. En una sociedad en la que muchas veces parece que la dimensión trascendente ha quedado relegada a un segundo plano, encontrarse rodeada de miles de personas que buscan a Dios resulta profundamente alentador. Ayuda a no sentirse extraño por creer y recuerda que la fe sigue viva en muchas personas que encuentran en Dios, que es Amor, el sentido y el fundamento de sus vidas.
Y, sin embargo, lo más sorprendente fue comprobar que, en medio de una multitud tan inmensa, no se percibía anonimato, sino cercanía. De alguna manera, todos nos sentíamos parte de una misma familia. Era frecuente ver cómo unos cuidaban de otros: alguien compartía su agua con quien se había quedado sin ella, ofrecía algo de comer a quien llevaba horas esperando o cedía su sitio a una persona más cansada. Pequeños gestos que nacían con total naturalidad y que reflejaban algo muy profundo: la experiencia de que la Iglesia es una familia, una comunidad unida por el amor. Más allá de nuestras edades, procedencias o circunstancias personales, todos compartíamos la alegría de sabernos hermanos y de caminar juntos en la fe.
También fue emocionante ver al papa de cerca cuando pasó el papamóvil. Su sonrisa, su cercanía y su actitud de acogida transmitían algo muy profundo: una gran fe en Jesucristo y una inmensa confianza en el valor de cada persona. Más allá de las palabras, su presencia reflejaba esperanza y alegría.
Entre los muchos mensajes que nos dejó, hubo varias ideas que me llegaron especialmente. Una de ellas fue la importancia del silencio. En medio del ruido constante que nos rodea, el papa nos invitó a recuperar espacios de silencio para poder rezar, escuchar a Dios y aprender a distinguir entre aquello que simplemente queremos oír y los mensajes que buscan manipularnos o distraernos de la verdad. Recordó que la verdad conduce a Dios y que solo desde ella podemos construir una vida sólida.
Otra idea que me pareció especialmente hermosa fue su llamada a la esperanza. Nos recordó que podemos cambiar el mundo a través de la caridad, comenzando por las personas que tenemos más cerca. Arrodillarnos ante Dios debe llevarnos necesariamente a amar, respetar y cuidar a quienes nos rodean. Es un mensaje profundamente necesario en una sociedad donde los enfrentamientos políticos, familiares o laborales parecen ocupar demasiado espacio y donde a veces olvidamos lo que nos une.
También me impresionó su explicación de la procesión del Corpus Christi. El papa señaló que Dios no permanece escondido dentro de las iglesias, sino que sale a las calles porque quiere estar presente en nuestra vida cotidiana, en nuestra realidad concreta. Esa idea resonó especialmente en mí como profesional sanitaria. En medio de la intensidad y la vorágine de un hospital, ese mensaje me recordó que estamos llamados a hacer presente a Cristo en nuestro trabajo diario, en la forma de tratar a los compañeros, a los pacientes y a sus familias. Las personas que atendemos no son números ni casos clínicos; son personas que necesitan ser cuidadas, acompañadas y escuchadas.
Regreso de este fin de semana con el corazón lleno de gratitud. Ha sido una experiencia de Iglesia viva, joven y esperanzada. Me llevo el recuerdo de miles de personas reunidas por la fe, la cercanía del papa León XIV y la convicción renovada de que la esperanza, la verdad y la caridad siguen siendo capaces de transformar nuestro mundo, empezando por nuestra vida cotidiana.